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El Arte de la Prudencia II
Baltasar Gracián
50. Nunca perderse el respeto a sí
mismo. Es mejor que ni siquiera se familiarice consigo mismo a solas. Su
misma entereza debe ser la norma propia de su rectitud.
51. Saber elegir. Vivir es saber
elegir. Se necesita buen gusto y un juicio muy recto, pues no son
suficientes el estudio y la inteligencia. No hay perfección donde no hay
elección.
52. Nunca perder la compostura.
La finalidad principal de la prudencia es no perder nunca la compostura.
Cualquier exceso de pasiones perjudica a la prudencia. Uno debe ser tan dueño de
sí que ni en la mayor prosperidad ni en la mayor adversidad nadie pueda
criticarle por haber perdido la compostura.
53. Ser diligente e inteligente.
La diligencia hace con rapidez lo que la inteligencia ha pensado con calma. La
prisa es una pasión de necios: como no descubren el límite, actúan sin reparo.
Por el contrario, los sabios suelen pecar de lentos, pues una mirada atenta
obliga a detenerse.
54. Tener valor y prudencia.
Hasta las líbrese atreven con el león muerto. Con el valor no hay bromas. Si se
cede en lo primero, también habrá que ceder en lo segundo, y así hasta el final.
Más daña la flaqueza del ánimo que la del cuerpo.
55. Saber esperar. Hacerlo
demuestra un gran corazón, con más amplitud de sufrimiento. Nunca apresurarse,
nunca apasionarse. Si uno es señor de sí, lo será después de los otros. La
espera prudente sazona los aciertos y madura los secretos pensamientos.
56. Tener buenas intromisiones.
Nacen de una afortunada prontitud. Algunos piensan mucho para después
equivocarse en todo, mientras otros lo aciertan todo sin pensarlo antes.
57. Más seguros con los reflexivos.
Es suficientemente rápido lo que está bien. Lo que se hace deprisa, deprisa se
deshace. Lo que mucho vale, mucho cuesta. Lo que tiene que durar una eternidad,
debe tardar otra en hacerse.
58. Saber adaptarse. Uno no se
debe mostrar igualmente inteligente con todos, ni se deben emplear más fuerzas
de las necesarias. Ni derroches de sabiduría ni de méritos.
59. Salir con buen pie.
Atención a los finales: hay que poner más cuidado en un final feliz que en una
aplaudida entrada. Es frecuente que los afortunados tengan muy favorables
comienzos y muy trágicos finales. Pocas veces acompaña la suerte a los que
salen: es educada con los que vienen y descortés con los que van.
60. Buen juicio. Algunos ya nacen prudentes. Con la edad y la experiencia la
razón madura cumplidamente.
61. Eminencia en lo mejor. Es
una gran singularidad entre la pluralidad de perfecciones. No puede haber hombre
grande que no tenga alguna cualidad sublime. Las medianías no son objeto de
aplauso.
62. Contar con buenos
colaboradores. Algunos quieren que su extremada perspicacia dominen sobre
las limitaciones de los colaboradores. Es una peligrosa satisfacción que merece
un castigo fatal.
63. La excelencia de ser el
primero. Es una gran ventaja ser mano en el juego, pues gana en igualdad de
circunstancias. Algunos prefieren ser primeros en segunda categoría que ser
segundos en la primera.
64. Ahorrarse disgustos. Es
útil y cuerdo ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos. No hay que dar
malas noticias.
65. Un gusto excelente. Se
puede cultivar, igual que la inteligencia. La excelente comprensión de las cosas
refina el deseo y después aumenta el placer de conseguirlas.
66. Cuidado para que salgan bien
las cosas. Algunos ponen el objetivo más en una dirección rigurosa que en
alcanzar el éxito. El que vence no necesita dar explicaciones. La mayoría no
percibe los detalles del procedimiento, sino los buenos o malos resultados. Todo
lo dora un buen final. La regla es ir contra las reglas cuando no se puede
conseguir de otro modo un resultado feliz.
67. Preferir las ocupaciones de
reconocido prestigio. Hay empleos expuestos a la aclamación general, y hay
otros, aunque más importantes, absolutamente invisibles.
68. Hacer que comprendan. Es
más importante que hacer recordar. Unas veces hay que recordar y otras
aconsejar.
69. No rendirse a los malos
humores. El gran hombre nunca se sujeta a las variaciones anímicas.
Conocerse es empezar a corregirse.
70. Saber negar. No se debe
conceder todo, ni a todos. Tanto importa saber negar como saber conceder y pelos
que mandan es una prudencia necesaria. Y aquí interviene la forma: más se estima
el no de algunos que el si de otros, porque un no dorado satisface más que un si
a secas. Es mejor que queden siempre algunos restos de esperanza para que
templen lo amargo de la negativa.
71. No ser desigual, de proceder
anómalo. El hombre prudente siempre fue el mismo en todas sus buenas
cualidades, que esto habla bien de su inteligencia.
72. Ser decidido. Menos daña
la mala ejecución que la falta de decisión. No se corrompen tanto las materias
cuando corren como estancadas.
73. Saber usar evasivas. Es el
recurso de los prudentes. Con la galantería de un donaire suelen salir del más
intrincado laberinto. Con una sonrisa se evita la contienda más difícil. Cambiar
de conversación es una treta cortés para decir que no. No hay mayor discreción
que no darse por enterado.
74. No ser intratable. Las
verdaderas fieras están en las ciudades. Ser inaccesible es vicio de los que se
desconocen a sí mismos, los que con los honores cambian los humores. Enfadar al
principio no es camino para la estima. Para subir al puesto agradaron a todos, y
una vez en él se quieren desquitar enfadando a todos. Por la ocupación deben
tratar con muchos, pero por aspereza y arrogancia todos les huyen. Para éstos el
mejor castigo es dejarlos estar, apartando la prudencia junto con el trato.
75. Elegir un modelo elevado, más
para superarlo que para imitarlo. Hay ejemplares de grandeza y textos
animados por la reputación. Propóngase como modelo, cada uno en su ocupación, a
los de más mérito, no tanto para seguirlos como para adelantarlos. Alejandro
lloró, no a Aquiles sepultado, sino a sí mismo cuando aún no había llegado a la
fama. No hay nada que excite más las ambiciones en el ánimo como el clarín de la
fama ajena. El mismo que abate la envidia alienta la nobleza.
76. No estar siempre de broma.
La prudencia se conoce en la seriedad, que está más acreditada que el ingenio.
El que siempre está de burlas no es hombre de veras. A éstos los igualamos con
los mentirosos al no creerlos; a los unos por recelo de la mentira, a los otros
de su burla. Nunca se sabe cuándo hablan con juicio, lo que es tanto como no
tenerlo. No hay mayor desaire que el continuo donaire. Otros ganan fama de
chistosos y pierden el crédito de prudentes. Lo jovial debe tener su momento, y
la seriedad todos los demás.
77. Saber adaptarse a todos.
Es el gran arte de ganar a todos, porque la semejanza atrae la simpatía.
Observar los caracteres y ajustarse al de cada uno. Al serio y al jovial
seguirles la corriente, transformándose cortésmente. Es necesario para los que
dependen de otros. Esta gran destreza para vivir necesita una gran capacidad.
78. Comenzar con pies de plomo.
La Necedad siempre entra de rondón, pues todos los necios son audaces. Su misma
estupidez, que les impide primero advertir los inconvenientes, después les quita
el sentimiento de fracaso. Pero la Prudencia entra con gran tiento. Sus
batidores son la Observación y la Cautela; ellas van abriendo camino para pasar
sin peligro. Cualquier Acción Irreflexiva está condenada al fracaso por la
Discreción, aunque a veces la salva la Suerte. Conviene ir con cuidado donde se
teme que hay mucho fondo; que lo prepare la Sagacidad y que la Prudencia vaya
ganando terreno. Hoy hay muchos bajíos en el trato humano y conviene ir siempre
con la sonda en la mano.
79. Carácter jovial. Con
moderación es una cualidad y no un defecto. Un grano de gracia todo lo
sazona. Los mayores hombres también mueven la pieza del donaire, que atrae la
gracia de todo el mundo. Pero respetando la prudencia y guardando el decoro.
Otros hacen de una gracia el atajo para salir airosamente de un problema, pues
hay cosas que se deben tomar en broma, incluso a veces las que el otro toma más
en serio. Indica apacibilidad y es embrujo de los corazones.
80. Cautela al informarse. Se
vive más de oídas que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la
segunda pueda de la verdad y la principal de la mentira. De ordinario la verdad
se ve y excepcionalmente se oye. Raras veces llega en su puro elemento y menos
cuando viene de lejos: siempre trae algo de mezcla de los ánimos por donde ha
pasado.
81. Renovar el lucimiento. La
excelencia suele envejecer, y con ella la fama. La costumbre disminuye la
admiración y una novedad mediana suele vencer a la mayor eminencia una vez
envejecida. Hay que renovar el valor, el ingenio, el éxito, todo. Hay que
aventurarse a renovar en brillantez, amaneciendo muchas veces como el sol,
cambiando las actividades del lucimiento. La privación provocará el deseo, y la
novedad el aplauso.
82. Nunca apurar ni el mal ni el
bien. Un sabio redujo toda la sabiduría a la moderación en todo. Apurar el
derecho es injusticia, y la naranja que mucho se exprime amarga. Incluso en el
placer nunca se debe llegar a los extremos. El mismo ingenio se agota si se
apura y sacará sangre en lugar de leche quien esquilme como si fuera un tirano.
83. Permitirse algún desliz venial.
Un descuido suele ser a veces la mejor recomendación de las buenas cualidades.
La envidia tiene su ostracismo, tanto más civil cuanto más criminal: acusa a lo
muy perfecto de que peca en no pecar, y condena del todo lo que es perfecto en
todo. La censura hiere, como el rayo, las más elevadas cualidades.
84. Saber valerse de los enemigos.
Hay que saber coger todas las cosas no por el filo, para que hieran, sino por la
empuñadura, para que defiendan; especialmente la emulación. Al hombre sabio le
son más útiles sus enemigos que al necio sus amigos. Una malevolencia suele
allanar montañas de dificultad que la benevolencia no se atrevería a pisar. A
muchos sus enemigos les fabricaron su grandeza. Es más fiera la lisonja que el
odio, pues éste señala defectos que se pueden corregir, pero aquélla los
disimula. La cautela es grande cuando se vive junto a la emulación, a la
malevolencia.
85. No servir de comodín. El
mucho uso de lo excelente se convierte en abuso. Como todos lo desean, al final
todos se enfadan. El que todos lo deseen desemboca en el enfado de todos. Es un
gran defecto no servir para nada, y no menor querer servir para todo. Estos
pierden por querer ganar muchas veces, y después son tan odiados como antes
fueron deseados. Se encuentran estos comodines en cualquier género de
perfecciones: pierden la inicial consideración de extraordinarias y se
desprecian por comunes. El único remedio de todo lo extremado es guardar
equilibrio en el lucimiento: la perfección debe ser máxima, pero la ostentación
moderada. Cuanto más luce una antorcha, más se consume y menos dura. Una
exhibición limitada se premia con una mayor estima.
86. Prevenir los rumores. La
muchedumbre tiene muchas cabezas, y por eso muchos ojos para la malicia y muchas
lenguas para el descrédito. A veces corre por ella un rumor que afea la mejor
reputación y si se convierte en una extendida burla acabará con el renombre. Con
frecuencia nace por algún error notorio, por ridículos defectos que son materia
adecuada a las murmuraciones. El hombre prudente debe evitar estos descréditos
oponiendo sus dotes de observación a la insolencia vulgar. Es más fácil prevenir
que remediar.
87. Cultura y refinamiento. El
hombre nace bárbaro; debe cultivarse para vencer a la bestia. La cultura nos
hace personas, y más cuanto mayor es la cultura. Gracias a ella Grecia pudo
llamar bárbaro al resto del mundo. La ignorancia es muy tosca. Nada cultiva más
que el saber. Pero incluso la cultura es grosera sin refinamiento.
88. Amplitud en el trato. Hay
que procurar que el trato sea elevado. El gran hombre no debe tratar de lo
insignificante. Nunca se debe entrar en demasiados pormenores, y menos en las
cosas desagradables. Aunque es ventajoso darse cuenta de todo como al descuido,
no lo es quererlo averiguar todo con desmesurado interés. Mandar es, en gran
parte, no darse por enterado. Hay que dejar pasar la mayoría de las cosas entre
familiares, amigos y especialmente entre enemigos.
89. Conocerse a sí mismo.
Conocer el carácter, la inteligencia, las opiniones y las inclinaciones. No se
puede ser dueño de sí si primero no se conoce uno mismo. Cuando uno se
despreocupe de su imagen exterior, debe conservar la interior para enmendarla y
mejorarla. Tiene que conocer las fuerzas de su prudencia y perspicacia para
emprender proyectos, comprobar su tesón para vencer el riesgo, tener medido su
fondo y su capacidad para todo.
90. El arte para vivir mucho:
vivir bien. Dos cosas acaban rápidamente con la vida: la necedad o el vicio.
Unos perdieron la vida por no saberla guardar y otros por no querer hacerlo.
Igual que la virtud es el premio de la virtud, el vicio es el castigo del vicio.
Quien vive deprisa en el vicio, pronto termina de dos maneras: acaba con la vida
y con la honra. Quien vive deprisa en la virtud, nunca muere.
91. Obrar sólo si no hay dudas
sobre la prudencia. La sospecha de desacierto en el que actúa se convierte
en evidencia para el que mira y mucho más si fuera un competidor. Si
acaloradamente se adopta, con dudas, una decisión, después, sin pasión, se
condenará la necedad manifiesta. Son peligrosas las acciones en las que duda la
prudencia. Es más seguro no realizarlas. La prudencia no admite probabilidades.
92. Buen sentido trascendental, es
decir, en todo. Es la primera y más alta regla para obrar y hablar, más
recomendable cuanto mayores y más elevadas son las ocupaciones. Más vale un
grano de buen sentido que montañas de inteligencia. Así se camina seguro, aunque
no tan aplaudido. Pero la reputación de prudente es el triunfo de la fama. Con
ella se satisface a los prudentes, cuya aprobación es la piedra de toque de los
aciertos.
93. Hombre universal. Está hecho
de todas las perfecciones y vale por muchos. Hace muy feliz la vida, y
traslada este placer a los amigos. La variedad con perfecci6n es entretenimiento
de la vida. Es un gran arte saber disfrutar de todo lo bueno. La naturaleza hizo
del hombre, por su eminencia, un compendio de todo lo natural; que el arte lo
convierta en un universo por el ejercicio y cultivo tanto del buen gusto como de
la inteligencia.
94. Capacidad inabarcable. Es
mejor que el hombre prudente evite que le midan la profundidad de su sabiduría y
méritos, si quiere que todos le veneren. Que sea conocido pero no comprendido.
Que nadie le averigüe los límites de la capacidad, para huir del peligro
evidente del desengaño. Que nunca dé lugar a que ninguno le alcance del todo.
Causa mayor veneración la opinión y la duda sobre dónde llega la capacidad de
cada uno que la evidencia de ella, por grande que fuera.
95. Saber mantener la expectación:
alimentarla siempre. Hay que prometer más y mucho. La mejor acción debe ser
hacer un envite de gran cantidad. No se tiene que echar todo el resto en la
primera buena jugada. Es una gran treta saber moderarse en las fuerzas, en el
saber, e ir adelantando el triunfo.
96. Un extraordinario buen sentido.
Es el trono de la razón, base de la prudencia, y por él cuesta poco acertar. Es
el regalo del cielo más deseado por ser el primero y el mejor. Es la primera
pieza de la armadura, tan necesaria que si falta cualquier otra el hombre no
será llamado falto. Su menos, su falta, se nota más. Todas las acciones de la
vida dependen de su influencia, y todas solicitan su aprobación, pues todo tiene
que hacerse con seso, con buen sentido. Consiste en una propensión innata a todo
lo que está de acuerdo con la razón. Siempre se casa con lo más acertado.
97. Conseguir y conservar la
reputación. Es el usufructo de la fama. Cuesta mucho porque nace de las
eminencias, más raras cuanto son comunes las medianías. Una vez conseguida, se
conserva con facilidad. Obliga mucho y obra más. Es un tipo de majestad cuando
llega a ser veneración, por la sublimidad de su origen y de su ámbito. Aunque la
reputación en sí misma siempre se ha valorado.
98. Ocultar la voluntad. Las
pasiones son los portillos del ánimo. El saber más práctico consiste en
disimular. El que juega a juego descubierto tiene riesgo de perder. Que compita
la reserva del cauteloso con la observación del advertido. A la mirada de lince,
un interior de tinta de calamar. Es mejor que no se sepa la inclinación, para
evitar ser conocido tanto en la oposición como en la lisonja.
99. Realidad y apariencia. Las
cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son raros los que miran
por dentro, y muchos lo que se contentan con lo aparente. No basta tener razón
si la cara es de malicia.
100. El hombre desengañado, que
conoce los errores y engaños de la vida: es sabio virtuoso y filósofo del mundo.
Serlo, pero no parecerlo y mucho menos hacer ostentación. La filosofía moral
está desacreditada, aunque es la mayor ocupación de los sabios. La ciencia de
los prudentes vive desautorizada. Séneca la introdujo en Roma y luego se
conservó en los palacios. Hoy se considera impertinente, pero siempre el
desengaño fue pasto de la prudencia y delicia de la entereza.
101. La mitad del mundo se está riendo de la otra mitad, y ambas son necias.
Según las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo
persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su criterio.
Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son tantos como los
rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No se debe desconfiar
porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán otros que las aprecien.
Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo condenarán. La norma de la
verdadera satisfacción es la aprobación de los hombres de reputación y que
tienen voz y voto en esas materias. No se vive de un solo criterio, ni de una
costumbre, ni de un siglo.
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