Político y militar argentino
Conocido por: Crear la bandera argentina y participar en la Guerra de la Independencia
Cargos: Secretario del Real Consulado de Buenos Aires, vocal de la Primera Junta y general en jefe del Ejército del Norte
Formación: Derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid
Padres: Domingo Belgrano y Peri y María Josefa González Casero
Hijos: Pedro Pablo Rosas y Belgrano y Manuela Mónica Belgrano
Nombre completo: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano
Manuel Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, cuando la ciudad pertenecía al Virreinato del Perú, dentro de la monarquía española. Fue uno de los protagonistas de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y el creador de la bandera argentina. Su trayectoria presenta una particularidad: el hombre que terminó dirigiendo ejércitos revolucionarios había dedicado buena parte de su vida a estudiar cómo mejorar la agricultura, el comercio, la industria y la educación.
No fue un militar de formación ni un revolucionario desde su juventud. Comenzó como funcionario reformista de la monarquía española y acabó defendiendo la emancipación americana. Entre ambos extremos mantuvo algunas convicciones constantes, como la importancia de la instrucción pública, el desarrollo económico y la necesidad de instituciones capaces de garantizar la prosperidad. Su actuación política también estuvo marcada por las contradicciones de una revolución que aspiraba a la libertad mientras discutía cómo distribuir el poder entre Buenos Aires y las provincias.
Familia y formación en España
Perteneció a una familia acomodada de Buenos Aires. Su padre, Domingo Belgrano y Peri, era un comerciante originario de Oneglia, en la región italiana de Liguria. Su madre, María Josefa González Casero, pertenecía a una familia criolla. La posición económica familiar le permitió recibir una educación poco habitual entre los jóvenes de su época.
Estudió en el Real Colegio de San Carlos y en 1786 viajó a España para continuar su formación. Cursó Derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid, y obtuvo la habilitación para ejercer como abogado en 1793. Durante esos años entró en contacto con el pensamiento ilustrado, la economía política europea y los debates sobre la libertad, la propiedad y la organización del Estado.
La Revolución francesa de 1789 amplió su interés por las transformaciones políticas. Sin embargo, sus ideas económicas no procedían de una sola escuela. Recibió influencias de la fisiocracia, que atribuía a la agricultura un papel fundamental en la creación de riqueza, y del liberalismo económico, especialmente de las críticas a los monopolios y a las restricciones comerciales. También defendió la promoción de las manufacturas y la intervención de las instituciones públicas en la educación y el desarrollo productivo.
El Consulado y el pensamiento económico
En 1794 fue nombrado secretario del Real Consulado de Buenos Aires, institución dedicada a cuestiones comerciales y al fomento económico. Desde ese cargo elaboró memorias y propuestas para modernizar la producción colonial. Consideraba que la riqueza no dependía únicamente de acumular metales preciosos o controlar el comercio, sino de aumentar la capacidad productiva y mejorar los conocimientos de la población.
Defendió la agricultura, la incorporación de técnicas más eficaces, el cultivo de nuevas especies y la formación de trabajadores especializados. También propuso estimular las manufacturas y reducir las trabas que impedían el intercambio comercial. Su crítica al monopolio español no significaba una adhesión incondicional al libre comercio: buscaba combinar una circulación más amplia de mercancías con medidas que favorecieran la producción local.
La educación ocupaba un lugar central en sus proyectos. Impulsó iniciativas para establecer escuelas de comercio, dibujo, náutica y primeras letras. Algunas llegaron a funcionar durante determinados períodos, mientras que otras encontraron resistencia administrativa o dificultades de financiación. El alcance real de aquellas iniciativas fue desigual, pero sus escritos muestran una preocupación sostenida por vincular la enseñanza con el desarrollo económico.
Belgrano entendía la educación como una responsabilidad pública y defendía la instrucción de las mujeres, una posición avanzada para el contexto colonial. Su ideal reformista incluía una sociedad menos dependiente de los privilegios heredados y más capaz de prosperar mediante el conocimiento y el trabajo.
Periodismo y primeras experiencias militares
A comienzos del siglo XIX participó en los debates públicos sobre la economía y la organización colonial. Colaboró con publicaciones periódicas y en 1810 asumió la dirección del Correo de Comercio, desde el que difundió propuestas educativas, económicas y sociales.
Su relación con las armas comenzó antes de la Revolución de Mayo. Durante la década de 1790 recibió el grado de capitán de milicias urbanas de Buenos Aires, aunque carecía de instrucción militar efectiva. En su autobiografía reconoció que aquel nombramiento apenas había despertado su interés profesional.
Las invasiones británicas de 1806 y 1807 alteraron esa situación. Participó en la movilización defensiva de Buenos Aires y ejerció funciones en las milicias, incluido el grado de sargento mayor del cuerpo de Patricios. La experiencia puso de manifiesto sus limitaciones iniciales y lo obligó a familiarizarse con la organización militar. Años después, esa formación improvisada se convertiría en una de las dificultades de su carrera revolucionaria.
La Revolución de Mayo y la Primera Junta
La invasión napoleónica de España en 1808 y el derrumbe de la autoridad monárquica provocaron una crisis política en los territorios americanos. Belgrano participó en las reuniones de quienes defendían la necesidad de establecer un gobierno propio ante la ausencia de una autoridad legítima reconocida por todos.
Después de los acontecimientos del 25 de mayo de 1810 fue designado vocal de la Primera Junta, presidida por Cornelio Saavedra. Formó parte del primer gobierno revolucionario junto con Mariano Moreno, Juan José Castelli y otros dirigentes. Su participación no fue exclusivamente simbólica: intervino en un proceso que debía afirmar la autoridad de la Junta, organizar recursos y extender el nuevo orden político a las regiones del antiguo virreinato.
Dentro de aquel gobierno coexistían concepciones diferentes sobre la velocidad y profundidad de la revolución. Belgrano se identificó con las aspiraciones reformistas y con la necesidad de consolidar la nueva autoridad. El controvertido Plan de Operaciones, tradicionalmente atribuido a Mariano Moreno, refleja algunas de las discusiones sobre los medios para defender el proceso revolucionario, aunque su autoría, autenticidad y aplicación efectiva siguen siendo objeto de debate historiográfico. No existe fundamento suficiente para atribuir a Belgrano su redacción.
La expedición al Paraguay
En septiembre de 1810 recibió el mando de una expedición destinada a extender la autoridad revolucionaria al Paraguay. Aunque ya tenía experiencia en milicias, no había recibido la preparación profesional necesaria para dirigir una campaña de aquella envergadura.
Las operaciones terminaron con las derrotas de Paraguarí, en enero de 1811, y Tacuarí, en marzo del mismo año. Belgrano no consiguió incorporar Paraguay a la autoridad de Buenos Aires, pero estableció contactos políticos con dirigentes locales en un territorio donde también se estaba desarrollando un movimiento autonomista.
Durante la expedición redactó un reglamento para los pueblos de Misiones. El documento reconocía derechos a sus habitantes indígenas, contemplaba medidas sobre la propiedad de la tierra y pretendía eliminar algunas formas de subordinación heredadas del régimen colonial. Su importancia reside tanto en sus principios como en los límites de su aplicación, condicionada por la guerra y por la falta de control estable sobre aquellos territorios.
La creación de la bandera argentina
En febrero de 1812 fue destinado a Rosario, junto al río Paraná, para organizar la defensa frente a las fuerzas realistas. Allí, el 27 de febrero, hizo enarbolar por primera vez una bandera blanca y celeste, inspirada en los colores de la escarapela adoptada por las tropas revolucionarias.
El gesto tenía un significado que excedía lo militar. Belgrano buscaba una insignia propia capaz de identificar a sus soldados y expresar una identidad política diferenciada. El Primer Triunvirato no aprobó inicialmente la iniciativa, porque sus responsables todavía consideraban conveniente mantener determinadas precauciones diplomáticas frente a España.
La disposición exacta de los colores de aquella primera bandera continúa siendo discutida por los historiadores. No debe confundirse necesariamente su diseño original con el modelo nacional que se consolidó posteriormente. El Congreso de Tucumán reconoció oficialmente la bandera celeste y blanca el 20 de julio de 1816, y el 25 de febrero de 1818 se aprobó la incorporación del sol en la bandera mayor. La configuración definitiva del símbolo fue, por tanto, resultado de un proceso histórico posterior al gesto de Rosario.
El Éxodo Jujeño y las victorias de Tucumán y Salta
En 1812 Belgrano asumió el mando del Ejército del Norte, que se encontraba debilitado por las derrotas anteriores y amenazado por el avance realista desde el Alto Perú. Encontró tropas insuficientemente equipadas, dificultades de abastecimiento y una situación estratégica comprometida.
Ante la superioridad enemiga ordenó evacuar Jujuy y retirar los recursos que pudieran aprovechar las tropas realistas. El 23 de agosto de 1812 comenzó el llamado Éxodo Jujeño. La retirada exigió grandes sacrificios a una población obligada a abandonar hogares, tierras y bienes. No fue únicamente una maniobra militar, sino una decisión que trasladó a los civiles una parte considerable del coste de la guerra.
Aunque el gobierno le había indicado que continuara el repliegue hasta Córdoba, Belgrano decidió presentar batalla en Tucumán. El 24 de septiembre de 1812 derrotó a las fuerzas realistas dirigidas por Pío Tristán. La victoria frenó el avance enemigo y fortaleció la posición revolucionaria en el noroeste.
El 20 de febrero de 1813 obtuvo un nuevo triunfo en la batalla de Salta. La rendición de las tropas realistas consolidó su prestigio militar. Sus éxitos no eliminaron las dificultades del ejército, pero demostraron su capacidad para adoptar decisiones estratégicas en condiciones adversas y para sostener la moral de sus hombres.
En reconocimiento a esas victorias, la Asamblea del Año XIII le concedió un premio de 40.000 pesos. Belgrano decidió destinar la cantidad a la dotación de cuatro escuelas públicas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. No debe interpretarse necesariamente como una suma que hubiera recibido íntegramente y después entregado en efectivo. La financiación y materialización de aquellos establecimientos estuvieron sujetas a prolongadas dificultades. La decisión, sin embargo, reflejaba la continuidad de sus preocupaciones educativas.
Las derrotas del Alto Perú y el encuentro con San Martín
Después de las victorias de Tucumán y Salta, Belgrano avanzó hacia el Alto Perú. La campaña terminó con dos graves derrotas: Vilcapugio, el 1 de octubre de 1813, y Ayohuma, el 14 de noviembre. Ambas evidenciaron la superioridad de determinadas fuerzas realistas y los problemas logísticos, tácticos y organizativos del ejército revolucionario.
A comienzos de 1814 fue reemplazado por José de San Martín al frente del Ejército del Norte. La transición permitió que ambos dirigentes se conocieran personalmente y mantuvieran contactos sobre la situación militar. San Martín impulsaba una estrategia distinta para derrotar a los realistas, basada en atacar el poder español en Perú mediante una campaña que atravesara los Andes y Chile.
Belgrano debió responder por su actuación militar tras las derrotas. Fue sometido a una investigación de la que finalmente resultó absuelto. El episodio ilustra las tensiones entre las exigencias políticas del gobierno y las condiciones reales en que actuaban los mandos militares.
Aunque su relación con San Martín estuvo marcada por la consideración mutua y ciertas coincidencias estratégicas, no debe presentarse como una colaboración permanente ni exenta de diferencias de criterio. Ambos compartían la prioridad de asegurar la independencia, pero desarrollaron sus responsabilidades en escenarios y circunstancias diferentes.
La misión diplomática europea
A finales de 1814 Belgrano fue enviado a Europa junto con Bernardino Rivadavia para realizar gestiones diplomáticas destinadas a conseguir una solución política y reconocimiento internacional para las Provincias Unidas. La misión coincidió con la restauración de las monarquías europeas tras la derrota de Napoleón.
En ese contexto, las posibilidades de establecer una república americana independiente parecían inciertas para numerosos dirigentes revolucionarios. Durante las negociaciones de 1815 se examinaron alternativas monárquicas, entre ellas un proyecto relacionado con el infante español Francisco de Paula, que contemplaba la formación de una monarquía constitucional vinculada a los territorios del Río de la Plata, Perú y Chile.
Las gestiones no alcanzaron sus objetivos, pero contribuyeron a consolidar en Belgrano la convicción de que una monarquía constitucional podía ofrecer estabilidad y facilitar el reconocimiento exterior. Esta posición no suponía necesariamente una renuncia a la independencia: distinguía entre la emancipación de España y la forma institucional que debía adoptar el nuevo Estado.
El Congreso de Tucumán y la monarquía incaica
Belgrano regresó al Río de la Plata en 1816. El 6 de julio compareció ante el Congreso reunido en Tucumán para informar sobre la situación política europea y las posibilidades diplomáticas del movimiento emancipador.
Durante su exposición propuso una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los incas. La iniciativa pretendía combinar una institución reconocible para las potencias europeas con un principio de legitimidad americana, particularmente significativo para las poblaciones indígenas de los antiguos territorios del Imperio incaico.
La propuesta contó con apoyos relevantes, entre ellos el de Martín Miguel de Güemes, y encontró simpatías en San Martín. También provocó resistencias políticas y culturales. Nunca llegó a concretarse y terminó convirtiéndose en uno de los proyectos más debatidos de la organización institucional posterior a la independencia.
Belgrano respaldó la declaración de independencia del 9 de julio de 1816, aunque no era diputado del Congreso. Su defensa de una monarquía incaica pone de manifiesto que, para algunos protagonistas de la emancipación, independencia y republicanismo no eran conceptos inseparables. La ruptura con la Corona española admitía entonces soluciones institucionales muy distintas.
El Ejército del Norte entre 1816 y 1819
En agosto de 1816 volvió a asumir el mando del Ejército del Norte. La situación era diferente de la que había encontrado cuatro años antes. La estrategia revolucionaria había desplazado buena parte de sus esfuerzos hacia la campaña de San Martín en los Andes, mientras el frente septentrional dependía de la resistencia organizada en Salta y Jujuy.
Belgrano estableció una relación de cooperación militar y política con Güemes, cuyos gauchos sostenían una guerra de movimientos contra las incursiones realistas. Mientras Güemes dirigía la defensa avanzada del territorio, el Ejército del Norte debía proporcionar respaldo estratégico, organización y capacidad de intervención cuando las circunstancias lo exigieran.
La colaboración resultó esencial, aunque estuvo sometida a graves dificultades. Faltaban armas, uniformes, alimentos y recursos económicos. La población soportaba contribuciones extraordinarias para mantener la resistencia y las autoridades centrales no siempre proporcionaban los auxilios solicitados. Belgrano intervino en las comunicaciones entre Güemes y el gobierno, consciente de que el sostenimiento de la frontera requería algo más que valor militar.
Durante largos períodos sus fuerzas permanecieron acantonadas en Tucumán, particularmente en las instalaciones de La Ciudadela. La imposibilidad de emprender una nueva ofensiva importante hacia el Alto Perú acentuó el desgaste de tropas y oficiales, obligados a mantener la disciplina en medio de la escasez y la incertidumbre política.
Las guerras civiles y el conflicto con el federalismo
La situación se complicó por los enfrentamientos entre el gobierno central y los movimientos provinciales que reclamaban mayor autonomía. Belgrano consideraba necesaria una autoridad capaz de coordinar el esfuerzo de guerra y sostener la independencia. Esa convicción lo aproximó políticamente al Directorio, aunque compartía la preocupación de otros militares por el peligro de convertir a los ejércitos revolucionarios en instrumentos de una guerra entre compatriotas.
Uno de los episodios más controvertidos ocurrió en Santiago del Estero, donde el movimiento encabezado por Juan Francisco Borges se enfrentó a las autoridades provinciales. En enero de 1817 Borges fue ejecutado tras ser capturado por fuerzas vinculadas al Ejército del Norte. Las circunstancias del proceso y las órdenes relativas a su destino comprometen la imagen exclusivamente conciliadora que a veces se atribuye a Belgrano. El episodio revela las tensiones entre la defensa de la autoridad revolucionaria y las aspiraciones autonomistas.
Durante 1818 y 1819 el Directorio exigió utilizar unidades del Ejército del Norte contra las fuerzas federales, especialmente las vinculadas al caudillo santafesino Estanislao López. Belgrano obedeció determinadas disposiciones y movilizó contingentes, aunque era consciente de que aquellas operaciones debilitaban la guerra contra España y agravaban las divisiones internas.
En abril de 1819 participó en las gestiones que desembocaron en un armisticio con López, destinado a contener temporalmente los enfrentamientos. El acuerdo no resolvió las causas profundas del conflicto. La disputa entre el centralismo directorial y los proyectos federales continuó erosionando la organización política de las Provincias Unidas.
Esta etapa constituye una de las principales contradicciones de su trayectoria. Belgrano había defendido reformas económicas, derechos y educación, pero también consideraba indispensable mantener un poder central fuerte. Su compromiso con la emancipación no implicó que aceptara todas las formas de autonomía provincial. La revolución que había contribuido a impulsar avanzaba hacia una fragmentación política que sus principales dirigentes no lograron evitar.
Enfermedad, retirada y sublevación de Arequito
El esfuerzo acumulado de las campañas y los problemas de salud redujeron progresivamente su capacidad para ejercer el mando. Padecía enfermedades crónicas que limitaron sus desplazamientos y agravaron su situación física durante los últimos años.
En noviembre de 1819 dejó el mando del Ejército del Norte en manos de Francisco Fernández de la Cruz y se retiró a Tucumán. La fuerza militar que había dirigido se encontraba desgastada por las dificultades materiales y por las órdenes de participar en los conflictos entre provincias.
El 8 de enero de 1820, cuando Belgrano ya no estaba al frente del ejército, varios oficiales protagonizaron la sublevación de Arequito. Encabezados por Juan Bautista Bustos y otros jefes, rechazaron continuar la marcha destinada a intervenir en la guerra contra las fuerzas federales. El levantamiento aceleró la desintegración del Ejército del Norte como instrumento militar del poder central.
El episodio mostró hasta qué punto las guerras civiles habían desplazado los objetivos que habían justificado la creación de los ejércitos revolucionarios. Para Belgrano, que había dedicado una parte considerable de su vida a organizar y sostener aquellas fuerzas, el derrumbe del proyecto político común coincidió con su deterioro personal.
Vida personal y carácter
Belgrano permaneció soltero. Tuvo dos hijos reconocidos por la tradición biográfica: Pedro Pablo Rosas y Belgrano, atribuido a su relación con María Josefa Ezcurra, y Manuela Mónica Belgrano, nacida en Tucumán en 1819, de su relación con María Dolores Helguero. La documentación relativa a determinados aspectos de estas relaciones, especialmente las circunstancias familiares y la crianza de Pedro Pablo en el entorno de Juan Manuel de Rosas, presenta lagunas que aconsejan evitar reconstrucciones excesivamente concluyentes.
Su personalidad reunía una profunda religiosidad católica, disciplina moral, preocupación por el deber y un temperamento que podía mostrarse severo. Era exigente con sus subordinados y consigo mismo. La necesidad de mantener el orden militar lo llevó a adoptar decisiones rigurosas, aunque también manifestó interés por la situación material de sus soldados y por el reconocimiento de quienes habían contribuido a las campañas.
Su reconocimiento de mujeres combatientes como María Remedios del Valle y Juana Azurduy permite apreciar una dimensión de su actuación que no se limita a las grandes batallas. Al mismo tiempo, sus enfrentamientos políticos y determinadas decisiones represivas impiden reducir su figura a la imagen de un dirigente permanentemente moderado.
La religiosidad de Belgrano no fue un rasgo exclusivamente privado. Formaba parte de su comprensión del deber, de la moral pública y de la legitimidad de la causa revolucionaria. En su pensamiento convivieron principios ilustrados, convicciones católicas y propuestas políticas que no siempre encajan en las categorías ideológicas posteriores.
Últimos meses y muerte en 1820
A comienzos de 1820 Belgrano se encontraba gravemente enfermo y con recursos económicos muy limitados. Tras permanecer en Tucumán regresó a Buenos Aires, donde pasó sus últimas semanas en la casa familiar. Su situación contrastaba con los cargos que había ocupado y con las responsabilidades militares que había asumido durante la independencia.
La tradición histórica recuerda que entregó su reloj de oro al médico Joseph Redhead como forma de compensar sus servicios, debido a la falta de dinero disponible. El episodio se convirtió en una de las imágenes más conocidas de sus últimos días y representa las dificultades económicas con las que terminó su vida.
Manuel Belgrano murió el 20 de junio de 1820, a los 50 años, en Buenos Aires. Su fallecimiento coincidió con una de las jornadas más convulsas de la historia política de la ciudad, conocida como el Día de los Tres Gobernadores. La desaparición del gobierno central y los enfrentamientos por el poder habían sumido a Buenos Aires en una crisis institucional.
Su muerte recibió escasa atención de la prensa. Entre las excepciones destacó El Despertador Teofilantrópico, publicación del franciscano Francisco de Paula Castañeda. La indiferencia periodística de aquella jornada contrasta con el lugar central que Belgrano adquiriría posteriormente en la memoria histórica argentina.
La tradición oral le atribuye como últimas palabras la expresión «¡Ay, patria mía!». Aunque su autenticidad literal no puede establecerse con certeza, la frase ha perdurado como una síntesis del vínculo entre su destino personal y las dificultades políticas de la nación que había contribuido a crear.
Fue enterrado en el atrio del convento de Santo Domingo de Buenos Aires. En 1903 se inauguró allí el mausoleo destinado a conservar sus restos.
Legado histórico
La figura de Manuel Belgrano quedó asociada principalmente a la creación de la bandera argentina y a las campañas militares de la independencia. Desde 1938, el 20 de junio se conmemora oficialmente en Argentina como Día de la Bandera, en recuerdo de su fallecimiento.
Sin embargo, su legado resulta más complejo que el de un militar victorioso o un creador de símbolos nacionales. Sus escritos económicos y educativos muestran a un reformador interesado en desarrollar las capacidades productivas de la sociedad. Sus propuestas sobre agricultura, comercio, manufacturas e instrucción pública precedieron a su participación revolucionaria y constituyen una parte fundamental de su pensamiento.
Su trayectoria también permite observar las contradicciones del proceso emancipador. Defendió derechos e instituciones educativas, pero aceptó medidas coercitivas para preservar la autoridad del gobierno. Contribuyó a la independencia y consideró viable una monarquía constitucional. Combatió contra los realistas y terminó involucrado, contra sus preferencias estratégicas, en las disputas entre el poder central y las provincias.
Sus victorias de Tucumán y Salta fueron decisivas para frenar el avance realista, mientras que sus derrotas y las limitaciones de su formación militar recuerdan las dificultades de improvisar un ejército en plena revolución. La relación con Güemes y la defensa del norte entre 1816 y 1819 muestran una labor menos visible que las grandes batallas, pero indispensable para comprender la resistencia independentista.
La evolución de Belgrano, desde funcionario reformista de la monarquía española hasta dirigente de la independencia, revela a un hombre cuyas ideas debieron enfrentarse continuamente con circunstancias que no había previsto. Su importancia histórica no reside únicamente en haber creado una bandera, sino en haber intentado construir las condiciones económicas, educativas y políticas que hicieran posible sostener una nación.