Militar y político mexicano
Nombre completo: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu.
Cargo: Primer emperador de México (1822-1823), con el nombre de Agustín I.
Conocido por: El Plan de Iguala y la consumación de la independencia de México en 1821.
Cónyuge: Ana María Huarte y Muñiz.
Agustín de Iturbide nació en Valladolid, Nueva España (actual Morelia, Michoacán, México), el 27 de septiembre de 1783. Militar y político mexicano, encabezó el Ejército Trigarante que consumó la independencia de México en 1821 y se convirtió al año siguiente en el primer emperador del país, con el nombre de Agustín I. Antes había combatido durante una década a los independentistas, hasta que una alianza con sus antiguos enemigos lo situó al frente del movimiento que puso fin al dominio español.
Familia y primeros años
Fue hijo de José Joaquín de Iturbide, español establecido en Nueva España, y de María Josefa de Arámburu, perteneciente a una familia acomodada de Valladolid. Creció en un ambiente vinculado a la propiedad agrícola y a los sectores privilegiados de la sociedad novohispana.
Estudió en el seminario de su ciudad natal, aunque no siguió la carrera eclesiástica. Durante su juventud se incorporó al regimiento provincial de Valladolid, donde comenzó una trayectoria militar que determinaría su participación en los acontecimientos políticos de las décadas siguientes.
En 1805 contrajo matrimonio con Ana María Huarte y Muñiz, perteneciente a una destacada familia de Valladolid, con quien tuvo diez hijos. Sus vínculos familiares y sociales lo situaban entre los grupos criollos acomodados que desempeñaban un papel importante en la administración y la economía del virreinato.
Militar del ejército realista
Cuando en septiembre de 1810 comenzó la insurrección encabezada por Miguel Hidalgo y Costilla, Iturbide permaneció fiel a la Corona española. Con el grado de teniente, participó el 30 de octubre en la batalla del Monte de las Cruces, donde las fuerzas realistas fueron derrotadas por los insurgentes. Posteriormente ascendió a capitán y continuó su carrera militar combatiendo la rebelión.
Durante los años siguientes intervino en campañas contra los seguidores de José María Morelos y Pavón y otros dirigentes independentistas. Su eficacia militar favoreció su ascenso hasta el grado de coronel y le permitió asumir responsabilidades en las operaciones de pacificación del Bajío y otras regiones del centro de Nueva España.
Su actuación estuvo acompañada de acusaciones de extorsión, exacciones económicas y abusos contra la población. En 1816 fue sometido a una investigación durante el gobierno del virrey Félix María Calleja, quien finalmente consideró que no existían fundamentos suficientes para castigarlo y autorizó su reincorporación al mando.
Sin embargo, el nuevo virrey, Juan Ruiz de Apodaca, adoptó una orientación distinta y en noviembre de 1816 lo relevó de la comandancia del Ejército del Norte. Iturbide permaneció apartado del mando efectivo durante varios años. Su exoneración anterior impide considerar probadas todas las acusaciones que se formularon contra él.
El giro político de 1820
El restablecimiento de la Constitución de Cádiz en España, en 1820, modificó profundamente la situación política de Nueva España. Las reformas liberales suscitaron resistencia entre sectores conservadores del clero, el ejército y las élites económicas, mientras otros grupos defendían mayores libertades y distintas formas de autonomía política.
En ese contexto se sitúan las reuniones conocidas como la conspiración de La Profesa, vinculadas a sectores contrarios al liberalismo español. La relación precisa de Iturbide con aquellas juntas es objeto de debate historiográfico, por lo que no puede afirmarse sin reservas que actuara como ejecutor de sus planes. Su posterior iniciativa independentista reunió intereses más amplios que los de los sectores conservadores.
En noviembre de 1820 recibió el mando de las fuerzas destinadas a combatir a Vicente Guerrero, que mantenía la resistencia insurgente en el sur. Tras comprobar las dificultades de obtener una victoria decisiva, inició negociaciones con su adversario para alcanzar un acuerdo político.
Los contactos entre ambos hicieron posible una alianza entre antiguos enemigos. La tradición histórica ha simbolizado aquella reconciliación mediante el llamado Abrazo de Acatempan, aunque la realidad de ese encuentro personal es discutida por los historiadores. Lo documentado es la negociación que permitió reunir a realistas e insurgentes en torno a un proyecto de independencia.
El Plan de Iguala y la independencia de México
El 24 de febrero de 1821, Iturbide proclamó el Plan de Iguala, que establecía tres garantías fundamentales: religión, independencia y unión. Proponía la separación de España, el mantenimiento de la religión católica como única confesión permitida y la unión política de americanos y europeos.
El nuevo Estado adoptaría una monarquía constitucional. Inicialmente se ofrecería el trono a Fernando VII o a otro miembro de la dinastía borbónica, con la posibilidad de elegir otro monarca si aquellos rechazaban la propuesta.
Para defender estos principios se organizó el Ejército de las Tres Garantías, conocido como Ejército Trigarante, integrado por antiguos realistas e insurgentes. Iturbide asumió su dirección y desarrolló una intensa actividad militar y diplomática para conseguir adhesiones. El movimiento permitió incorporar a sectores sociales y políticos que hasta entonces habían sostenido posiciones enfrentadas.
La bandera trigarante, formada por tres franjas diagonales blancas, verdes y rojas, representaba las garantías de religión, independencia y unión. Aquellos colores se convirtieron en elementos permanentes de la identidad nacional mexicana. Posteriormente, la bandera imperial adoptó franjas verticales y un escudo con un águila coronada sobre un nopal.
El 24 de agosto de 1821, Iturbide firmó con Juan O'Donojú, último jefe político superior español enviado a Nueva España, los Tratados de Córdoba, que recogían las bases de la independencia y del proyecto monárquico. El gobierno español, sin embargo, no aceptó aquellos acuerdos como reconocimiento definitivo de la separación.
El 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México encabezado por Iturbide. Al día siguiente se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, que formalizó el nacimiento del nuevo Estado. Después de once años de guerra, la independencia se había consumado gracias a una coalición que reunía fuerzas de distintas procedencias políticas.
Primer emperador de México
Tras la independencia, Iturbide presidió la Regencia encargada del poder ejecutivo provisional. El proyecto monárquico encontró dificultades cuando Fernando VII rechazó la independencia y las autoridades españolas desconocieron la solución dinástica prevista.
En el Congreso se enfrentaban distintas corrientes. Los borbonistas defendían una monarquía encabezada por un príncipe de la casa real española; los republicanos rechazaban la institución monárquica, mientras los partidarios de Iturbide promovían su elevación al trono. Las discrepancias sobre la soberanía, las atribuciones del ejecutivo y la futura Constitución agravaron las tensiones.
En medio de manifestaciones y presiones militares y populares favorables a su candidatura, el Congreso proclamó emperador a Iturbide el 19 de mayo de 1822. La decisión se produjo en circunstancias de fuerte presión política, lo que contribuyó a las posteriores controversias sobre la legitimidad del nuevo régimen. Fue coronado el 21 de julio en la Catedral Metropolitana de México, junto con su esposa, Ana María Huarte, y adoptó el nombre de Agustín I.
El Primer Imperio Mexicano alcanzó una enorme extensión territorial, desde la Alta California, en el norte, hasta Costa Rica, en Centroamérica. Comprendía los territorios de la antigua Nueva España, Yucatán y las provincias centroamericanas incorporadas al proyecto imperial. Sin embargo, las adhesiones territoriales fueron desiguales y el control efectivo del gobierno central era limitado en diversas regiones.
El gobierno imperial nació condicionado por una grave crisis económica. La guerra había reducido los ingresos públicos, deteriorado las actividades productivas y elevado las necesidades de financiación del ejército. Una previsión de Hacienda de comienzos de 1822 calculaba gastos superiores a once millones de pesos y un déficit cercano a dos millones. El nuevo Estado encontraba grandes dificultades para financiar su administración y sostener sus compromisos militares.
A estas dificultades se añadieron las tensiones con las provincias, entre ellas Yucatán y diversos territorios centroamericanos, que reclamaban capacidad de decisión sobre su organización política. La relación entre el poder central y las autoridades provinciales sería uno de los problemas decisivos en la transición del Imperio hacia la república federal.
Las relaciones entre Iturbide y el Congreso se deterioraron progresivamente. El emperador consideraba que las limitaciones impuestas a su autoridad impedían gobernar con eficacia, mientras sus adversarios denunciaban tendencias autoritarias. En agosto de 1822 fueron detenidos varios diputados acusados de participar en conspiraciones contra el régimen.
El 31 de octubre de 1822, Iturbide ordenó disolver el Congreso y sustituirlo por una Junta Nacional Instituyente. La decisión agravó la oposición política y privó al régimen de una parte fundamental de su legitimidad constitucional.
El Plan de Casa Mata y la caída del Imperio
En diciembre de 1822, Antonio López de Santa Anna encabezó un pronunciamiento contra Iturbide en Veracruz. La rebelión recibió el apoyo de antiguos insurgentes, entre ellos Guadalupe Victoria, y posteriormente se extendió a otros mandos militares y regiones del país.
El movimiento decisivo fue el Plan de Casa Mata, proclamado el 1 de febrero de 1823 por el general José Antonio de Echávarri, a quien Iturbide había enviado inicialmente para combatir a los rebeldes. El documento reclamaba la elección de un nuevo Congreso Constituyente y reconocía la necesidad de restablecer la representación nacional. Su formulación original establecía que no se atentaría contra la persona del emperador, aunque subordinaba el futuro político a las decisiones del Congreso.
La adhesión de numerosas diputaciones provinciales y unidades militares dejó a Iturbide progresivamente aislado. Entre sus opositores figuraban también dirigentes como Nicolás Bravo. En un intento de recuperar apoyos, el emperador ordenó reinstalar el Congreso, pero la extensión del movimiento hizo inviable su continuidad.
El 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide abdicó al trono. Su gobierno imperial había durado menos de un año. Después abandonó México y se estableció primero en Italia y posteriormente en Inglaterra, donde siguió con atención la situación política de su país.
Exilio, regreso y fusilamiento
Durante su estancia en Europa, Iturbide recibió noticias sobre posibles proyectos de reconquista española. Según sus propias explicaciones, decidió regresar a México para ofrecer sus servicios militares en defensa de la independencia frente a una eventual intervención extranjera. Su retorno también despertó sospechas entre quienes temían una restauración del Imperio.
Iturbide desconocía que el Congreso Constituyente mexicano había aprobado en abril de 1824 un decreto de proscripción que lo declaraba traidor y fuera de la ley si volvía a presentarse en territorio nacional, bajo cualquier título. La disposición establecía que, en tal supuesto, sería considerado enemigo público del Estado.
El 14 de julio de 1824 llegó a Soto la Marina, Tamaulipas, procedente de Europa. Tras ser reconocido, fue detenido y puesto bajo la custodia del general Felipe de la Garza. Solo entonces tuvo conocimiento de la disposición federal que convertía su regreso en motivo de proscripción.
Fue conducido a Padilla, donde se encontraba reunido el Congreso de Tamaulipas. Las autoridades estatales acordaron aplicar el decreto federal, que había establecido previamente las consecuencias jurídicas de su retorno. La decisión condujo a su ejecución, sin que se desarrollara un nuevo proceso ordinario sobre una conducta de traición distinta del propio regreso.
Agustín de Iturbide fue fusilado el 19 de julio de 1824 en Padilla, Tamaulipas, a los cuarenta años. Habían transcurrido cinco días desde su llegada a las costas mexicanas y menos de tres años desde la entrada del Ejército Trigarante en la capital.
En 1838, durante la presidencia de Anastasio Bustamante, sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México y depositados en la Capilla de San Felipe de Jesús de la Catedral Metropolitana, donde permanecen.
Importancia histórica
La interpretación histórica de Iturbide ha estado condicionada por las disputas políticas que siguieron a la independencia. La tradición republicana destacó especialmente la lucha iniciada por Hidalgo y continuada por Morelos y Guerrero, mientras otras corrientes reivindicaron el protagonismo de Iturbide como consumador de la independencia mexicana.
Los historiadores también han debatido las motivaciones de su cambio político: desde la defensa de los intereses conservadores amenazados por el liberalismo español hasta una convicción independentista progresivamente asumida. Estas interpretaciones no excluyen la importancia de su capacidad para articular una coalición que reunió a antiguos adversarios.
El Plan de Iguala hizo posible una solución política que la prolongada guerra no había conseguido imponer por sí sola. Sin embargo, el proyecto monárquico surgido de aquella alianza no logró resolver las discrepancias sobre la representación nacional, las atribuciones del poder ejecutivo y las relaciones entre las provincias y el gobierno central. La caída del Imperio abrió el camino hacia la república federal y la Constitución de 1824.