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Reinaldo Arenas - biografía
(1943/07/16 - 1990/12/07)


Reinaldo Arenas


Reynaldo Arenas
Reynaldo Arenas y Fuentes

Escritor cubano



Nació el 16 de julio de 1943 en Aguas Claras, Cuba, en el seno de una familia de campesinos pobres en un caserío en la parte norte de la provincia de Oriente.

Su nacimiento coincidió con el primer período de la presidencia de Fulgencio Batista (1940-1944).

En 1958, se une a las bandas de rebeldes castristas en las sierras de Gibara, en la provincia de Oriente.


Pasa todo un año en la insurrección, bajo las órdenes del comandante Eddy Zuñol. Con el triunfo de la revolución castrista en 1959, obtiene una beca del nuevo gobierno y estudia Contabilidad Agrícola y comienza a ejercer en una granja avícola en las mismas faldas de la Sierra Maestra.

En La Habana, trabajó en la Biblioteca Nacional, en Casa de las Américas y en La Gaceta de Cuba hasta 1968.

Sus primeras novelas le merecieron algunos premios y cierta notoriedad: Celestino antes del alba (La Habana, 1967; edición revisada bajo el título Cantando en el pozo, Barcelona, 1982) y El mundo alucinante (México, 1969), considerada una novela de aventuras que protagoniza un personaje histórico, Fray Servando Teresa de Mier. El primer libro fue su única publicación en Cuba, porque -a raíz de su apoyo al poeta Heberto Padilla que tras haber ganado un premio, en 1968, por su obra Fuera de juego, es acusado de contrarrevolucionario siendo condenado a un periodo de reeducación.

Sufrió persecución no solamente por su homosexualidad, sino por su clara oposición al régimen castrista.

Tras esa experiencia, su situación personal se hizo más difícil y tuvo que escribir clandestinamente y enviar secretamente sus obras para ser publicadas en el extranjero, como ocurrió con la novela Con los ojos cerrados (Montevideo, 1972; edición revisada bajo el título El palacio de las blanquísimas mofetas, Caracas, 1980). Los originales de otra novela suya, Otra vez el mar (Barcelona, 1982), que presenta una visión crítica de la revolución cubana, cayeron más de una vez en manos de la policía.

Publicó la mayor parte de su obra fuera de la isla caribeña, entre sus novelas destacan Celestino antes del alba (1967), El mundo alucinante (1969), La vieja Rosa (1980), Otra vez el mar (1982), Arturo, la estrella más brillante (1984), La Loma del Ángel (1987), El portero (1989), Viaje a La Habana (1990). Dentro del género cuento escribió: Con los ojos cerrados (1972) y Termina el desfile (1981). También cultivó la poesía: El central (1981) y Voluntad de vivir manifestándose (1989). Autor del libro de ensayos Necesidad de libertad (1986). También dio a la estampa cinco piezas de teatro recogidas bajo el título Persecución (1986). Escribió cientos de artículos, reseñas, ensayos, comentarios y crítica literaria.

Afirmó que había pasado toda su vida entre dos dictaduras. Los años 60 y 70 fueron para Arenas dos décadas sumamente difíciles: a medida que su nombre y su obra se abrían paso en los círculos literarios de Occidente, las vicisitudes que el escritor padecía en Cuba eran cada vez mayores.

Escapa de Cuba en 1980, a través del éxodo del Mariel. Se radica en la ciudad de Nueva York desde donde despliega una intensa labor intelectual. El 7 de diciembre 1990, durante la etapa final del SIDA que padecía, se suicida en su apartamento de Manhattan.

A manera de homenaje y a 10 años de su muerte, se filmó la película Antes que Anochezca, película basada en su libro autobiográfico y que dirigió Julian Schnabel.


Obras

Novela

1967 — Celestino antes del alba
1969 — El mundo alucinante
1980 — El palacio de las blanquísimas mofetas
1980 — La vieja Rosa
1982 — Otra vez el mar
1984 — Arturo, la estrella más brillante
1987 — La loma del ángel
1988 — El asalto
1989 — El portero
1990 — Viaje a La Habana
1991 — El color del verano
1992 — Antes que anochezca

Narrativa breve

1972 — Con los ojos cerrados
1981 — Termina el desfile

Poesía

1981 — El central
1989 — Voluntad de vivir manifestándose

Ensayo

1986 — Necesidad de libertad

Teatro

1986 — Persecución


Reinaldo Arenas
el chapero delator


Entonces salió a la calle, es decir, a aquellos callejones soleados llenos de arena y casas de madera tras las cuales retumbaba el mar. En una de las esquinas estaba un joven, uno de los tantos muchachos que parecen surgir del mismo mar, ensimismado en su indolencia, ofreciéndose sin ofrecerse, llamándolo sin siquiera decirle media palabra. Ven, ven, ahora mismo ven aquí... Sí, ya sé que otros podrán decir que han sentido lo mismo o algo parecido, pero lo que yo sentí era precisamente único porque era mi sentimiento. Y ese sentimiento me decía que aquel muchacho me estaba esperando, que esa manera de sonreírse al yo pasar, de estirar aún más las piernas, de recostarse a la pared de la esquina; todo eso estaba dedicado -deparado-, quizá desde hacía muchos siglos, exclusivamente a mí, y que ese momento, por múltiples razones, incluyendo la ausencias de Elvia y del niño y hasta la misma calle súbitamente vacía, era mi momento, el único que quizás en toda mi vida iba a ser exclusivamente mío. Ya sé, ya sé, ya sé que no es así. Pero es así... Ismael saludó al joven y éste con mucha desenvoltura le extendió una mano y dijo llamarse Sergio. Caminaron un corto tramo bajo los portales de madera. Sergio le preguntó que si vivía en Santa Fe. Ismael no pudo negarlo e incluso señaló para la calle donde estaba su apartamento. Sergio preguntó entonces que si vivía solo. Sí, ahora estoy solo, dijo Ismael. Es por aquí, agregó. Y los dos subieron hasta el apartamento. No hubo mayores preámbulos, ningún tipo de comentarios o preguntas. Sergio no era Sergio. Era como una aparición, como una compensación, como algo previsto por el tiempo, quizás por los dioses o por lo menos que algún dios piadoso, por alguna marica divina, por alguien que a pesar de todo quería y lograba que uno no fuese completamente desdichado. Y al desabrocharle la camisa, Ismael supo que aquel joven no era una aparición, sin algo más rotundo e inefable a la vez : un cuerpo real, un joven y bello cuerpo deseoso de ofrecerse.

Se amaron desenfrenadamente, como si ambos (también Sergio) viniesen de tortuosos caminos de abstinencia obligatoria. Abrazados se revolcaron en el sobrecama tejido por la misma Elvia, entre las sábanas almidonadas y también planchadas por Elvia; cayeron sobre el piso y volvieron a abrazarse y a poseerse entre ronquidos de placer mientras tropezaban con la cuna de Ismaelito que rodó hasta chocar contra el espejo del cuarto que reflejaba los cuerpos desnudos. Así, en el suelo, todavía abrazados, se quedaron por un rato. No se trata de una compensación o de un desahogo, pensó Ismael (la cabeza todavía colocada sobre el vientre del muchacho), es la felicidad, algo que no volverá a repetirse nunca y que no es necesario que se repita; al contrario, que no debe repetirse nunca para que siempre sea la felici dad. Despacio, Sergio apartó la cabeza de Ismael de su vientre, y aún excitado, dando testimonio de los dieciocho años que en cierto momento dijo tener, se puso la ropa y despidiéndose apresuradamente se marchó. Desnudo, tirado sobre el piso, apoyándose entre algunos cojines, Ismael se quedó solo en la habitación matrimonial, disfrutando toda la escena que acababa de ocurrir, disfrutando ahora más que en el momento en que ocurrió. Hasta que escuchó que alguien tocaba con fuerza a la puerta. Todavía por un momento, Ismael se quedó ensimismado en el piso. Pero las llamadas insistían y pensando que podía ser alguna vecina que solicitaba algo de Elvia, un sobre de café, una cuchara de manteca, se tiró encima el sobrecama y fue a abrir. Junto a la puerta estaba Sergio acompañado de dos milicianos con brazaletes, la presidenta del C.D.R., y más atrás un policía. No sé qué tiempo estuve así, tirado en el piso abrazado a los cojines hechos por las manos de Elvia, siempre pensando, o más bien sintiendo (porque en ese momento no se piensa), sintiendo: la dicha, la dicha, la verdadera dicha, mucho más grande, mucho más grande a medida que pase el tiempo y la recuerde. No, no sé qué tiempo estuve así, quizás sólo el necesario para que el muchacho regresara con la policía, tocara a la puerta y señalando para Ismael envuelto en el sobrecama dijera: Es él, este señor me invitó a su casa e inmediatamente se me tiró al rabo. No, no sé qué tiempo estuve así, sin decir nada, el sobrecama cubriéndome hasta los tobillos, el muchacho frente a mí señalándome con un gesto de odio, detrás la vieja del C.D.R. mirando fijamente a Ismael, diciéndose «yo sabía, yo sabía», y al fondo el policía, la mano sobre la pistola por si remotamente Ismael intentaba darse a la fuga. ¿ Qué tiempo, qué tiempo, qué tiempo estuve así? Toda mi vida, toda mi vida, desde ese momento hasta ahora aquí, junto a la nieve, desde ese momento hasta que muera aquí y me pudra (o no me pudra) bajo la nieve. De todos modos no pudo haber sido mucho tiempo, pues el muchacho que era del vecindario y de una familia integrada al sistema, volvió a testificar rápidamente la acusación, y como si eso fuera poco allí estaba Ismael semidesnudo, dando pruebas de su inmoralidad, y más allá la cama revuelta, las sábanas tiradas por el piso y hasta un olor a sexo, a un reciente combate erótico, flotando en el aire. Todo eso fue cogido al vuelo por la presidenta del C.D.R. quien dueña de la situación, y al parecer ya del apartamento, avanzó resuelta hacia Ismael... Aquello fue un verdadero escándalo en todo el pueblo de Santa Fe. Que lo hubiera hecho otro, un pájaro común, un maricón reconocido, alguien que estuviera definido, pero Ismael, él que era incluso jefe de los círculos de estudio del C.D.R., un hombre que parecía tan serio, tan moral, que parecía tan hombre, y con un niño, con un muchacho de buena familia y que tenía, según él mismo confesó, sólo diecisiete años -uno menos que los que Ismael recordaba haberle oído decir cuando se conocieron-. Hasta las locas comunes, aquellas que pagaban el precio de su autenticidad, aprovecharon la oportunidad para desquitarse y levantar un poco la imagen de ellos, incapaces, según confesaban, de violar (pues ya se hablaba de violación) a un menor de edad.

Reinaldo Arenas
Viaje a la Habana
Editorial Narrativa Mandadori, Madrid, 1990.


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Redacción: Cristian de la Oliva, Estrella Moreno.
Fecha:
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