La mujer que murió y las células que sobrevivieron
Antes de convertirse en uno de los nombres más importantes de la medicina moderna, Henrietta Lacks había trabajado en los campos de tabaco de Virginia. Creció en Clover, una pequeña localidad rural, y se trasladó con su familia a Turner Station, una comunidad afroamericana próxima a Baltimore. Allí criaba a sus cinco hijos mientras su marido trabajaba en la industria siderúrgica.
En 1951, un sangrado persistente la llevó al Hospital Johns Hopkins. Los médicos le diagnosticaron cáncer de cuello uterino. Tenía treinta años.
El hospital atendía a pacientes negros, pero mantenía instalaciones segregadas. Durante el tratamiento, los médicos extrajeron muestras de su tumor. Una parte terminó en el laboratorio del investigador George Gey, sin que Henrietta supiera que sería utilizada para investigación.
Lo que ocurrió después transformaría la historia de la biología.
Hasta entonces, los científicos tenían grandes dificultades para mantener células humanas vivas fuera del organismo. Las muestras dejaban de reproducirse y morían. Pero las de Henrietta se multiplicaban extraordinariamente rápido, aproximadamente cada veinticuatro horas.
El laboratorio las bautizó HeLa, combinando las primeras letras de su nombre y apellido.
El 4 de octubre de 1951, Henrietta murió. Tenía 31 años. Sus células continuaron reproduciéndose.
Las células que ayudaron a combatir la poliomielitis
En 1952, cuando Jonas Salk desarrollaba su vacuna contra la poliomielitis, los investigadores necesitaban grandes cantidades de células humanas para comprobar cómo actuaba el virus y evaluar los resultados experimentales.
HeLa ofrecía una solución excepcional: podía cultivarse masivamente y distribuirse entre laboratorios.
La Universidad de Tuskegee, una institución históricamente afroamericana de Alabama, participó en aquella producción a gran escala. Sus investigadores llegaron a distribuir miles de cultivos semanales. En junio de 1955 habían enviado aproximadamente 600.000 cultivos celulares.
La contribución de HeLa no consistió en descubrir la vacuna, sino en facilitar una parte fundamental de las pruebas que acompañaron su desarrollo.
Después llegaron investigaciones sobre cáncer, VIH, genética, radiaciones, medicamentos y enfermedades infecciosas.
La magnitud resulta difícil de imaginar: un análisis de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) identificó más de 110.000 publicaciones científicas que utilizaron células HeLa entre 1953 y 2018. Y la investigación continuó después.
Aquellas células también revelaron un problema inesperado. Eran tan resistentes que podían contaminar otros cultivos y sustituir a las células que los investigadores creían estudiar. Algunas líneas celulares utilizadas durante años resultaron ser, en realidad, HeLa.
La herramienta que facilitaba los experimentos podía también falsear sus resultados.
Deborah quería conocer a su madre
Durante décadas, las células viajaron entre laboratorios mientras los hijos de Henrietta crecían sin comprender qué había ocurrido.
Su hija Deborah tenía poco más de un año cuando murió su madre. Apenas conservaba recuerdos de ella. Cuando la familia empezó a conocer la existencia de HeLa, en los años setenta, recibió explicaciones científicas difíciles de entender y todavía más difíciles de aceptar.
Deborah quería saber cómo había sido su madre. Qué le gustaba, cómo se comportaba, qué clase de mujer había sido.
En el libro The Immortal Life of Henrietta Lacks, publicado en 2010, Rebecca Skloot reconstruyó esa búsqueda. La periodista tardó cerca de un año en ganarse la confianza de Deborah, que había aprendido a desconfiar de las personas interesadas en las células de su madre.
La desconfianza tenía una historia.
Henrietta había recibido tratamiento en un hospital segregado. Después, su familia pasó años sin recibir información adecuada sobre la utilización de sus muestras. Cuando finalmente contactaron con sus descendientes, algunos investigadores buscaban nuevos datos genéticos, pero no siempre ofrecieron explicaciones comprensibles sobre los experimentos.
No se trataba únicamente de una familia mal informada. Era también la historia de una comunidad que había conocido la discriminación racial y tenía motivos para desconfiar de unas instituciones médicas que durante décadas habían ignorado sus preocupaciones.
Johns Hopkins reconoce hoy que debería haber informado mejor y tratado con mayor consideración a la familia Lacks.
Una herencia biológica convertida en negocio
El investigador George Gey distribuyó gratuitamente células HeLa entre científicos. Johns Hopkins sostiene que nunca comercializó aquella línea celular ni obtuvo beneficios directos por su descubrimiento o distribución inicial.
Pero otros laboratorios y empresas comenzaron después a producir y vender cultivos celulares, reactivos y productos relacionados con HeLa.
Se desarrolló así una actividad comercial que seguía dependiendo, en última instancia, del tejido obtenido de Henrietta.
La familia no había autorizado aquella utilización inicial ni participado en las decisiones posteriores.
El problema no era únicamente económico. ¿A quién pertenece una muestra humana una vez separada del cuerpo? ¿Puede comercializarse indefinidamente? ¿Qué derechos conserva la persona de la que procede?
La legislación no ofrece una respuesta única para todos los países ni para todas las circunstancias. Y el consentimiento exigible hoy para determinadas investigaciones no equivale necesariamente a un derecho de propiedad sobre cualquier producto desarrollado a partir de una muestra.
Pero el caso HeLa mostró hasta qué punto el progreso científico podía avanzar más deprisa que la reflexión sobre sus consecuencias humanas.
2013: el genoma vuelve a abrir la herida
En marzo de 2013, unos investigadores publicaron datos del genoma de células HeLa sin consultar previamente a los descendientes de Henrietta.
La secuenciación planteaba un problema distinto del que había existido en 1951: el ADN de aquellas células podía revelar información hereditaria relacionada también con familiares vivos.
La reacción de la familia llevó a retirar los datos del acceso público y abrió negociaciones con los NIH.
En agosto de aquel año se alcanzó un acuerdo para establecer un sistema de acceso controlado a determinadas secuencias genómicas completas de HeLa.
Representantes de la familia pasaron a participar en el grupo encargado de examinar las solicitudes. La decisión definitiva sobre el acceso corresponde a los NIH.
No era un derecho general de veto sobre todos los experimentos con células HeLa. Era algo más limitado, pero significativo: por primera vez, la familia participaba institucionalmente en decisiones relacionadas con una parte de la información genética derivada de aquellas células.
2026: una historia que no ha terminado
El conflicto comercial tampoco desapareció.
En febrero de 2026, Reuters informó de que la farmacéutica Novartis había alcanzado un acuerdo confidencial con los herederos de Henrietta Lacks para resolver un litigio relacionado con el aprovechamiento económico de las células HeLa.
Los términos no se hicieron públicos. El acuerdo se sumaba a otras acciones judiciales emprendidas por la familia contra compañías farmacéuticas y biotecnológicas.
Setenta y cinco años después de la muerte de Henrietta, el destino de sus células seguía teniendo consecuencias jurídicas y económicas.
La palabra inmortal necesita, sin embargo, una precisión. Las células HeLa pueden morir y no conservan la conciencia ni la identidad de Henrietta. Lo extraordinario es su capacidad para continuar dividiéndose durante generaciones cuando se cultivan en condiciones adecuadas.
Henrietta Lacks no fue una investigadora ni una voluntaria que entregara conscientemente su cuerpo a la ciencia. Fue una mujer que acudió a un hospital buscando tratamiento.
Sus células contribuyeron a avances médicos extraordinarios. Ese beneficio no cambia el hecho de que nunca autorizó su utilización para investigación.
Tal vez la verdadera pregunta no sea cómo pudieron sobrevivir sus células, sino por qué hicieron falta tantas décadas para que quienes trabajaban con ellas comenzaran a escuchar a su familia.
La ciencia aprendió mucho de Henrietta Lacks. Su historia recuerda que todavía tenía algo que aprender sobre la manera de tratar a las personas.
Sus células HeLa se convertirían en una de las herramientas más utilizadas de la investigación biomédica.
