El médico le pregunta cómo se llama. Ella responde: «Auguste». Cuando le pide el apellido, vuelve a decir «Auguste». La conversación está fechada el 26 de noviembre de 1901. El médico es Alois Alzheimer; la mujer, Auguste Deter. Ha ingresado el día anterior en un hospital de Fráncfort. Tiene 51 años.
Las preguntas continúan. Algunas respuestas son correctas; otras se desvían o desaparecen en cuanto intenta recuperarlas. Alzheimer escribe. Todavía no existe una enfermedad que lleve su apellido.
Las hojas en las que quedaron aquellas respuestas reaparecieron en un archivo de Fráncfort en 1995, dentro de una carpeta azul. Para entonces, el apellido del médico era conocido en todo el mundo. El de la mujer necesitaba todavía una presentación.
Antes de ser un caso clínico
Auguste había formado una familia con Karl Deter, empleado de los ferrocarriles. Tenían una hija, Thekla. Antes del ingreso había una casa que atender, comidas que preparar y relaciones con los vecinos. Cuando empezó a equivocarse al cocinar, a esconder objetos y a desconfiar de quienes la rodeaban, la enfermedad alteró ese mundo doméstico antes de convertirse en una descripción científica.
Los problemas de Auguste desbordaban el olvido. Había perdido orientación, tenía dificultades para expresarse y sufría alucinaciones y alteraciones del comportamiento. Su vida cotidiana se había vuelto imposible de sostener en casa.
El ingreso fue en la institución psiquiátrica municipal de Fráncfort. La atención tenía también una dimensión administrativa y económica. En sus notas documentales sobre Auguste, Rudolf Dederer recoge que el municipio adelantó inicialmente los gastos y después los reclamó al marido; desde abril de 1904, Karl pagó directamente a la institución. El expediente, además de síntomas, contenía la pregunta de quién debía sostener sus cuidados.
Lo que llamó la atención fue también su edad. Un deterioro de esa intensidad podía asociarse a personas de edad avanzada; Auguste apenas había pasado de los cincuenta. Esa discordancia entre la edad y la gravedad del cuadro ayudaría a convertir su caso en un problema médico singular.
Alzheimer reunía dos formas de observar. Era un psiquiatra que examinaba pacientes y un investigador habituado a estudiar tejido nervioso. En Fráncfort había trabajado con Franz Nissl, cuyas técnicas de tinción permitían distinguir estructuras que, sin esa preparación, resultaban difíciles de apreciar al microscopio. Buscaba lesiones que permitieran distinguir enfermedades allí donde las descripciones de conducta podían parecerse.
Lo que apareció bajo el microscopio
Cuando Auguste murió, el 8 de abril de 1906, Alzheimer ya trabajaba en Múnich, en la clínica dirigida por Emil Kraepelin. Solicitó su cerebro para examinarlo. El tejido llegó a Múnich aquel mismo mes.
Mediante técnicas de impregnación con plata, desarrolladas por Max Bielschowsky, pudo observar alteraciones muy marcadas en la corteza cerebral. Había depósitos que hoy identificamos como placas y haces anómalos de filamentos dentro de las células nerviosas: los ovillos neurofibrilares.
Las placas ya tenían antecedentes en la literatura médica. La aportación de Alzheimer se entiende mejor al reunir las piezas: la evolución clínica de una mujer relativamente joven, las lesiones de su cerebro y la descripción de aquella alteración de las fibrillas. El hallazgo pertenecía a una investigación colectiva en la que las técnicas de laboratorio y las observaciones de otros médicos también contaban.
El apellido lo eligió otro médico
En noviembre de 1906, Alzheimer presentó el caso ante una reunión de psiquiatras en Tubinga. La comunicación despertó escaso interés. Su descripción apareció impresa en 1907; en 1909, Gaetano Perusini, colaborador de su laboratorio, publicó un estudio más amplio que incluía a Auguste y otros pacientes.
Fue Kraepelin quien incorporó la denominación «enfermedad de Alzheimer» a la octava edición de su tratado de psiquiatría, en 1910. El apellido del investigador entró en una obra de referencia y empezó a circular como nombre de un diagnóstico.
Pero poner nombre no resolvía la clasificación. ¿Era una enfermedad distinta o una aparición temprana del mismo proceso observado en personas mayores? La edad de Auguste, que había hecho llamativo su caso, ayudó a fijar una separación entre la demencia presenil y la llamada senil. Esa frontera se mantuvo durante décadas.
En 1976, el neurólogo Robert Katzman defendió en un editorial que las formas presenil y senil de tipo Alzheimer debían entenderse como un mismo proceso. Sus semejanzas clínicas y patológicas cuestionaban que la edad de comienzo bastara para separarlas. La consecuencia era enorme: aquello dejaba de parecer una rareza de personas relativamente jóvenes y pasaba a ocupar un lugar central entre las enfermedades de la vejez.
Eso no convertía toda demencia en alzhéimer. Permitía reconocer una misma patología a distintas edades. El apellido sobrevivió; la frontera que había ayudado a consagrarlo perdió su autoridad.
El tejido también reapareció
La recuperación de los papeles tuvo otra continuación. En 1997 se localizaron en Múnich preparaciones histológicas del cerebro de Auguste: cortes de tejido conservados para el microscopio. Un estudio de Manuel B. Graeber y sus colaboradores, publicado en Neurogenetics en 1998, confirmó numerosas placas amiloides y ovillos neurofibrilares y obtuvo información genética de aquellas muestras.
Conviene distinguir el órgano completo de los cortes que se conservaron de él. Hay material cerebral de Auguste que fue recuperado y reexaminado. Su historia podía leerse otra vez en los documentos y también en el tejido.
Treinta y dos hojas que seguían allí
El 21 de diciembre de 1995, tras años de búsqueda, el equipo de Konrad Maurer encontró el expediente en los archivos de su propio departamento de Fráncfort. Maurer, Stephan Volk y Hector Gerbaldo describieron el hallazgo en The Lancet en 1997.
La carpeta de cartón azul conservaba 32 hojas: documentación del ingreso, versiones de la historia clínica, notas manuscritas de Alzheimer, intentos de escritura de Auguste y cuatro fotografías. Los investigadores señalaron que el expediente no se había vuelto a localizar desde su utilización por Perusini en 1909.
La expresión «el primer caso» había resumido una vida entera. Dentro de la carpeta había un rostro, una escritura y respuestas que se resistían a quedar reducidas a una etiqueta.
En el tratado, un apellido permite clasificar una enfermedad. En el expediente, una mujer intenta contestar una pregunta corriente. La carpeta azul conserva sus respuestas.
