León, 7 y 8 de febrero
A las dos de la madrugada del 7 de febrero de 1916, Luis H. Debayle y Escolástico Lara comenzaron la autopsia en un cuarto contiguo a la cámara mortuoria. Rubén Darío había muerto la noche anterior, en León, a los 49 años. El examen del hígado confirmó una cirrosis atrófica. El cerebro quedó intacto en aquella primera intervención.
Debayle era amigo del poeta desde la infancia y padre de Margarita Debayle, la niña a la que Darío había dedicado el poema que comienza «Margarita, está linda la mar». Otra hija del médico, Salvadora, se casaría con Anastasio Somoza García. El hombre que iba a extraer el cerebro pertenecía a la familia que Darío había hecho entrar en sus versos.
Según Francisco Huezo, la extracción se realizó en la madrugada del 8 de febrero, mientras se velaba el cadáver. Debayle volvió con Lara y sus ayudantes. Quería conservar y estudiar el cerebro: buscaba en su anatomía una explicación del talento del poeta. Lo colocó en un recipiente con formalina y se lo entregó inicialmente a Andrés Murillo, hermano de la viuda, Rosario Murillo.
La calle
Andrés salió un momento de la sala. Debayle aprovechó su ausencia, tomó el recipiente y se marchó. Así lo cuenta Huezo: el médico caminaba deprisa por la acera, todavía con el delantal y la gorra de la operación. Cuando Murillo regresó y advirtió lo ocurrido, pidió ayuda a los policías que custodiaban la casa. Un grupo salió tras el médico, lo alcanzó y lo obligó a volver.
Debayle sostuvo otra cosa en una nota que Huezo también recogió: había un acuerdo para que él conservara el cerebro, Murillo impidió su envío al laboratorio y, ante la disputa, fue el propio médico quien lo entregó a un policía. Ambos relatos desembocan en el mismo lugar: la Dirección de Policía de León.
La Dirección de Policía
El cerebro quedó bajo custodia policial. Debayle lo reclamaba para los leoneses; Andrés Murillo lo consideraba una reliquia de su hermana. La familia y el médico habían llevado el desacuerdo hasta una oficina pública.
Rosario escribió al director de Policía una nota que Huezo reproduce: «Es un escándalo y profanación que el cerebro de Rubén esté en las oficinas públicas».
El director consultó por teléfono al presidente Adolfo Díaz, que ordenó entregarlo a la viuda. Rosario recuperó así la custodia y eligió a otro médico para examinarlo.
Granada, febrero de 1916
El destinatario fue el cirujano Juan José Martínez, de Granada. Rosario le ofreció el cerebro por telegrama y le pidió que lo fotografiara antes del análisis, procurando conservar su forma. Martínez declaró haberlo recibido el 16 de febrero, a las diez de la mañana. Había sido preparado con formalina, pero llegó seco, en un recipiente de vidrio.
Su informe atribuyó al cerebro un peso de 1.850 gramos. Lo comparó con el del naturalista Cuvier, al que asignó 1.861; con el de Kant, 1.600, y con el de Schiller, 1.580. El tamaño de las circunvoluciones y la profundidad de los surcos le parecían también señales de una inteligencia excepcional.
Aquella búsqueda mezclaba comparaciones anatómicas, las ideas de Lombroso sobre el genio y una herencia de la frenología: la esperanza de leer las facultades de una persona en sus rasgos físicos. La fe en medir y clasificar convertía el cerebro de un poeta célebre en una pieza codiciada. Su peso, por sí solo, no demostraba el talento literario.
Martínez lamentó que le hubieran pedido no hacer cortes, porque quería examinar la corteza al microscopio. Publicó sus conclusiones en 1916. Es el último médico del recorrido inicial que dejó un informe sobre la pieza recibida; las versiones posteriores discutirían incluso que aquella pieza fuese la de Darío.
León, un regreso discutido
Años después, Salvador Pérez Grijalba, que afirmó haber ayudado en la extracción, relató una sustitución. Según él, Debayle le encargó obtener el cerebro de una costurera fallecida para impedir que les arrebataran el del poeta. Más tarde se habría usado también el de un joven accidentado como señuelo en la casa de salud. El auténtico, sostuvo, acabó enterrado discretamente en la catedral de León.
Es un testimonio tardío y no una secuencia demostrada. Si el intercambio se produjo antes de la entrega a Martínez, el médico granadino habría estudiado otro cerebro. Pero no hay una identificación independiente que permita resolverlo.
En 1965, Henry Debayle, hijo del médico, declaró que conservaba el cerebro de Darío. Su afirmación también fue impugnada: el investigador José Jirón Terán sostuvo que se trataba de la pieza del joven anónimo. Los restos atribuidos al poeta volvían así a aparecer en el entorno de los Debayle, emparentados con los Somoza a través de Salvadora, hermana de Margarita. Esa relación familiar está documentada; la autenticidad del órgano reclamado, no. Otras versiones lo situaron en Argentina.
La fotografía de 1922
En 1922, la revista mexicana Revista de Revistas publicó una fotografía del cerebro, según la bibliografía dariana. Aquí cambia el rastro: circula una imagen, sin que eso pruebe un traslado del órgano a México.
Existe además una lámina titulada El cerebro de Rubén Darío en el archivo de la Universidad Complutense, digitalizada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. No tiene fecha precisa en el catálogo. La imagen coincide visualmente con una de las reproducidas junto al informe de Martínez en 1965: el órgano aparece sobre una bandeja rodeada de flores. No se ha establecido que sea la fotografía publicada en 1922.
La disputa había convertido un resto humano en objeto científico, reliquia familiar y asunto de Estado. De aquella pugna quedan el informe de un médico, la protesta de una viuda y fotografías del órgano exhibido. Del cerebro que todos querían conservar se desconoce el paradero.
