El 21 de octubre de 1833 nació en Estocolmo Alfred Nobel. Su nombre evoca hoy la excelencia científica, literaria y el compromiso con la paz, pero su fortuna procedía de una industria que también abastecía a los ejércitos. La paradoja no se explica bien como una simple historia de arrepentimiento.
El inventor y la industria de los explosivos
Tras la muerte de su hermano Emil en una explosión accidental en 1864, Nobel continuó buscando una manera menos peligrosa de utilizar la nitroglicerina. En 1867 patentó la dinamita, obtenida al absorber ese líquido inestable en un material poroso, la tierra de diatomeas. La innovación facilitó obras como túneles y ferrocarriles, pero también tuvo aplicaciones bélicas. Nobel desarrolló después la balistita y adquirió la empresa armamentística Bofors. A su muerte acumulaba 355 patentes.
La disuasión como promesa de paz
Nobel sostenía una idea incómoda: unas armas tan destructivas que hicieran insoportable la guerra podrían disuadir a los gobiernos de combatir. En su correspondencia con Bertha von Suttner llegó a expresar que sus fábricas quizá acabarían con la guerra antes que los congresos pacifistas. No era la misma doctrina de disuasión nuclear surgida en el siglo XX, pero sí revela que para él fabricar explosivos y desear la paz no eran necesariamente propósitos incompatibles.
Bertha von Suttner: una interlocutora decisiva
En 1876, Bertha von Suttner trabajó durante unas semanas como secretaria de Nobel en París. Mantuvieron después una correspondencia duradera. Su novela ¡Abajo las armas! (1889) se convirtió en una referencia del pacifismo europeo, y Nobel siguió sus campañas por el arbitraje internacional. En enero de 1893 le comunicó que pensaba impulsar un premio en favor de la paz. Suttner recibiría el Nobel de la Paz en 1905.
El obituario y la tentación de una explicación fácil
Se cuenta a menudo que, cuando murió su hermano Ludvig en 1888, un periódico francés confundió a los hermanos y llamó a Alfred «mercader de la muerte». Según esa versión, Nobel habría leído su propio obituario y decidido rehabilitar su nombre. La existencia y la procedencia del texto atribuido a aquel periódico, la supuesta lectura por Nobel y su influencia sobre el testamento no tienen idéntico respaldo documental. Por eso no conviene presentar la anécdota como causa demostrada de los premios.
Un testamento difícil de cumplir
El 27 de noviembre de 1895 Nobel destinó la mayor parte de su patrimonio a financiar premios en Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y Paz. El capital que finalmente recibió la fundación rondó los 31 millones de coronas suecas. Parte de la familia cuestionó el testamento; además hubo dificultades legales, fiscales y organizativas. Fueron necesarios años de negociaciones antes de conceder los primeros premios en 1901.
El propio Nobel dispuso que la distinción de la Paz la otorgara un comité nombrado por el Parlamento noruego, mientras que los otros cuatro premios originales correspondían a instituciones suecas. El galardón de Economía fue creado mucho después, en 1968, por el banco central de Suecia y no figura en su testamento.
Un legado que no borra sus contradicciones
Nobel también escribió poesía y teatro, y se interesó por la filosofía y los debates sociales. Sus premios reflejan esa amplitud de inquietudes, aunque no resuelven las tensiones entre su negocio, su confianza en la disuasión y sus aspiraciones pacifistas. Más que una redención demostrable, su testamento constituye una decisión documentada: dedicar casi toda su fortuna a recompensar logros de otros.
Fuentes: NobelPrize.org, Alfred Nobel; Nobel Foundation, historia del testamento; NobelPrize.org, Bertha von Suttner; Historia del testamento y la fundación.
