En octubre de 1924, mientras varios trabajadores morían intoxicados por tetraetilo de plomo en una fábrica de Nueva Jersey, Thomas Midgley Jr. compareció ante los periodistas. Se vertió el compuesto sobre las manos y sostuvo un recipiente bajo la nariz para inhalar sus vapores durante aproximadamente un minuto. Quería demostrar que el producto era seguro. Conocía los riesgos: él mismo había sufrido síntomas de intoxicación y recibido advertencias sobre su toxicidad.
Seis años después, en 1930, presentó públicamente otra innovación de su equipo: los refrigerantes CFC. Para demostrar que el nuevo gas no era inflamable y tenía escasa toxicidad inmediata, lo inhaló y apagó una vela soplando.
Las dos demostraciones parecían celebrar el triunfo de la química moderna. Pero escondían una diferencia fundamental: con el plomo se estaba minimizando un peligro conocido; con los CFC todavía no se comprendía el peligro que acabaría descubriéndose.
Dos inventos frente a frente
01 · GASOLINA CON PLOMO · 1921
El peligro que ya conocían

El problema. Los motores sufrían detonaciones prematuras que reducían su rendimiento. Midgley, Charles Kettering y otros investigadores de General Motors comprobaron que pequeñas cantidades de tetraetilo de plomo permitían mejorar notablemente el combustible.
La solución. La gasolina con plomo facilitó el desarrollo de motores más potentes. Su éxito comercial fue extraordinario.
Lo que sabían. La toxicidad del plomo llevaba siglos documentada. Midgley había sufrido problemas de salud relacionados con el compuesto en 1922 y tuvo que recuperarse durante varias semanas en 1923. En octubre de 1924, cinco trabajadores murieron intoxicados en la planta de Bayway. Alice Hamilton y Yandell Henderson denunciaron públicamente sus riesgos. Tras suspenderse las ventas, una conferencia sanitaria federal examinó el problema en 1925; la comercialización se reanudó. También se conocían alternativas antidetonantes, como el alcohol etílico, pero la industria apostó por el aditivo de plomo.
Lo que se descubrió después. El problema no se limitaba a quienes manipulaban el producto concentrado. Millones de automóviles dispersaban plomo por el ambiente. El geoquímico Clair Patterson demostró en 1965 hasta qué punto la contaminación industrial había alterado las concentraciones naturales del metal y cuestionó el criterio defendido por Robert Kehoe, que exigía demostrar el daño antes de restringir su uso.
El desenlace. Las restricciones comenzaron a extenderse durante los años setenta. La gasolina con plomo para vehículos de carretera no desapareció completamente del mercado mundial hasta 2021.
02 · REFRIGERANTES CFC · 1928
El peligro que nadie había previsto

El problema. Muchos refrigerantes empleados entonces eran inflamables o podían resultar muy tóxicos en caso de fuga. Había que encontrar alternativas más seguras.
La solución. Midgley, Albert Henne y Robert McNary desarrollaron en 1928 nuevos refrigerantes clorofluorocarbonados. Su presentación pública llegó en 1930. Eran estables, eficaces y relativamente seguros frente a los riesgos inmediatos de los gases que sustituían.
Lo que sabían. Precisamente su estabilidad parecía una virtud. En aquella época no se conocía el mecanismo por el que estos compuestos podían alcanzar la estratosfera y contribuir a destruir el ozono.
Lo que se descubrió después. James Lovelock detectó CFC en la atmósfera. En 1974, Sherwood Rowland y Mario Molina explicaron cómo podían liberar cloro capaz de destruir ozono. Paul Crutzen había investigado previamente otros mecanismos de destrucción del ozono; los tres compartieron el Nobel de Química de 1995.
El dato revelador. Un solo átomo de cloro puede participar, mediante reacciones catalíticas, en la destrucción de alrededor de 100.000 moléculas de ozono.
El desenlace. El descubrimiento del agujero antártico en 1985 aceleró la respuesta internacional. DuPont y otros fabricantes habían cuestionado las advertencias de 1974 y se opusieron a determinadas restricciones; parte de la regulación se retrasó. En 1987 se firmó el Protocolo de Montreal, que impulsó la eliminación progresiva de las sustancias responsables.
La diferencia que cambia la historia
El plomo representa el riesgo conocido que se minimizó frente a los intereses industriales. Los CFC representan un daño que no podía evaluarse adecuadamente con los conocimientos atmosféricos disponibles cuando se introdujeron.
Tampoco sería exacto afirmar que se conocía desde 1921 toda la dimensión del desastre causado por la gasolina con plomo. Eso fue lo que Patterson contribuyó a revelar décadas después: la diferencia entre saber que una sustancia es tóxica y comprender lo que ocurre cuando se dispersa continuamente por todo el planeta.
El contraste termina con una coincidencia incómoda: cuando se descubrieron los daños de los CFC, también hubo resistencia industrial a actuar. No basta con descubrir un riesgo: importa quién acepta las pruebas y cuándo.
Midgley murió en 1944, afectado por las secuelas de la poliomielitis, al quedar atrapado en un dispositivo de cuerdas y poleas que había ideado para ayudarse a salir de la cama. La American Chemical Society describió entonces su muerte como accidental. Fue el final trágico de un inventor cuyo legado seguiría discutiéndose durante décadas.
