Tres lentes sobre la catástrofe

Retrato de Voltaire
Voltaire

Las víctimas

¿Cómo justificar su dolor?

Retrato de Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau

Las casas

¿Cuánto añadimos al desastre?

Retrato de Immanuel Kant
Immanuel Kant

El subsuelo

¿Qué hace temblar la tierra?

Respuesta documentada: Voltaire–Rousseau. Convergencia temática: Rousseau–Kant; los ensayos de Kant son anteriores a la carta.

Es la mañana de Todos los Santos. El 1 de noviembre de 1755, Lisboa comienza a derrumbarse. Al terremoto se suman el tsunami y el incendio. Quien ha sobrevivido al hundimiento de su casa todavía puede morir junto al agua o entre las llamas. La catástrofe desborda Portugal: alcanza las costas españolas y norteafricanas y circula por Europa convertida en noticias, relatos y preguntas.

Entre los escombros hay iglesias. Esa coincidencia —una ciudad cristiana devastada en una festividad religiosa— vuelve especialmente hiriente la explicación del castigo divino. ¿Qué culpa podía compartir toda aquella gente? Los escritores que responderán desde lejos no disponen de sismógrafos ni de un balance fiable de víctimas. Disponen de testimonios y de sus propias ideas sobre el mundo.

Voltaire: mirar al niño antes que al sistema

Voltaire pone en primer plano los cuerpos. En su Poema sobre el desastre de Lisboa, publicado en 1756, obliga a los defensores del «todo está bien» a acercarse a las ruinas. La pregunta decisiva es concreta: qué crimen han cometido los niños aplastados sobre el pecho de sus madres.

El blanco es el optimismo filosófico: la idea de que el mal particular encaja en el mejor orden posible del conjunto. Frente a esa contabilidad universal, el poema reclama el derecho del individuo a sufrir y protestar. También pregunta si Lisboa tenía más vicios que Londres o París. La supervivencia de una ciudad y la destrucción de otra no acreditan sus respectivos méritos morales.

Voltaire no convierte por ello el poema en una demostración de que Dios no existe. Conserva la esperanza, pero distingue esperar un bien futuro de afirmar que el presente ya es bueno. Tres años después, Lisboa volverá en Cándido. Su hallazgo literario permanece: una explicación puede ser coherente para quien la formula y cruel para quien debe escucharla bajo los escombros.

Rousseau: las casas también cuentan

El 18 de agosto de 1756, Jean-Jacques Rousseau escribe a Voltaire. Admira su poesía, pero le reprocha que agrave el dolor del lector y le quite el consuelo. Él quiere defender la Providencia y la bondad del orden natural.

Para hacerlo cambia el foco: la naturaleza, argumenta, no reunió allí veinte mil casas de seis o siete pisos. Si los habitantes hubieran vivido más dispersos y en edificios más ligeros, el daño habría sido menor. Añade que algunos se expusieron para recuperar ropa, papeles o dinero. Los bienes llegan a pesar tanto que salvar solo la vida parece insuficiente.

Las veinte mil casas son una afirmación de su carta, no un censo que debamos dar por comprobado. Suponer que la dispersión habría eliminado prácticamente los daños va más allá de lo que podía demostrar. Su observación fértil es otra: el movimiento de la tierra y la cantidad de sufrimiento que produce no son exactamente el mismo problema. Entre ambos interviene nuestra forma de construir y habitar.

La carta contiene, además, una dureza que suele desaparecer en los resúmenes: Rousseau sugiere que algunas muertes prematuras pudieron evitar sufrimientos posteriores. No habla únicamente como un precursor de la prevención. Está defendiendo una confianza religiosa que lo lleva a relativizar, desde lejos, el dolor que Voltaire coloca delante de los ojos.

Kant: una explicación que podía equivocarse

Mientras la discusión sobre el sentido del mal toma forma, Immanuel Kant, de treinta y un años, intenta reconstruir qué ha ocurrido físicamente. Enseña en Königsberg y publica tres trabajos sobre los terremotos en enero, marzo y abril de 1756, antes de la carta de Rousseau a Voltaire. No está respondiendo a esa carta: aborda por su cuenta la catástrofe.

Kant imagina grandes cavernas comunicadas bajo la superficie. En ellas, materiales y gases inflamables entrarían en combustión y transmitirían las sacudidas. Busca relacionar la dirección del temblor con montañas y valles; reúne noticias sobre el agua, las réplicas y los efectos lejanos.

La explicación es errónea para el terremoto de Lisboa. Hoy lo situamos en un contexto tectónico atlántico; no lo explicamos por gases ardiendo en una red de grutas. Tampoco conocemos con certeza todos los detalles de la ruptura de 1755. La diferencia no consiste en que Kant hubiera descubierto ya la sismología moderna, sino en que ofrecía un mecanismo físico que podía contrastarse y resultar falso.

Su tercer ensayo discute la supuesta responsabilidad de alineaciones planetarias y de la Luna: calcula que las fuerzas propuestas son demasiado pequeñas para explicar un efecto tan grande. Pero tampoco expulsa a Dios de su universo. El segundo escrito concluye con una reflexión sobre la sabiduría divina y los límites humanos para interpretar sus fines. Explicar una causa natural y conservar una creencia religiosa cabían en la misma investigación.

La pregunta práctica también estaba allí. Kant llegó a recomendar que las ciudades no se orientaran en la dirección que él atribuía a las sacudidas. Su propuesta dependía de una teoría equivocada, pero trasladaba la discusión al lugar donde se levantaban las casas.

La respuesta que se construyó en Lisboa

En la ciudad destruida, la prevención tuvo una forma material. La reconstrucción dirigida por Sebastião José de Carvalho e Melo, el futuro marqués de Pombal, dio a la Baixa un trazado regular y sometió las nuevas edificaciones a criterios comunes. Entre sus soluciones estaban las gaiolas o jaulas pombalinas: entramados de madera integrados en muros de fábrica para mejorar la resistencia a las fuerzas horizontales de un terremoto.

La planificación y las reglas de edificación incorporaron también muros cortafuegos entre edificios. El incendio había sido parte de la catástrofe; reconstruir exigía pensar en más de un peligro. Aquella aplicación sistemática de medidas de protección fue un hito de la construcción sismorresistente.

No hay aquí una prueba de que los ingenieros aplicaran los escritos de Rousseau o Kant. La reconstrucción desarrolló su propia respuesta técnica y política al mismo problema. Mientras en los libros se discutía cómo explicar el desastre, en Lisboa se decidía qué debía cambiar para que una casa nueva ofreciera más protección que la anterior.

Después de las ruinas

Lisboa se convirtió en un episodio decisivo de las discusiones de la Ilustración sobre el mal, la naturaleza y la acción humana. No hizo nacer por sí sola una época ni fundó de golpe la gestión moderna del riesgo. Sí dejó juntas dos tareas que seguimos necesitando: discutir las explicaciones que damos al sufrimiento y reducir los daños que sabemos evitar.

Voltaire exige que el sistema mire a las víctimas. Rousseau señala lo que añadimos al peligro. Kant propone un mecanismo físico y se equivoca. Los constructores pombalinos ensayan otra respuesta: una estructura de madera dentro de un muro. Ninguna de esas tareas agota las demás. Pero la ciudad que vuelve a levantarse introduce una exigencia concreta en la discusión: la próxima vez, las casas deberían resistir mejor.