Una bebida en la madrugada

Hacia la una de la madrugada del 12 de febrero de 1804, Immanuel Kant se inclinó hacia una cuchara. Su cuidador, Ehregott Andreas Christoph Wasianski, creyó que tenía sed. El anciano había apartado otras veces el líquido que le ofrecían. Ahora parecía buscarlo.

Kant tenía 79 años. Llevaba meses perdiendo memoria, fuerzas y facilidad para expresarse. Aquella última noche hubo que sacarlo de la cama y volver a acostarlo; ni siquiera podía colaborar en el movimiento. El hombre al que asociamos con horarios inflexibles dependía ya de otros para acomodar su cuerpo.

Wasianski le ofreció vino mezclado con agua endulzada. El filósofo acercó la boca al vaso, pero apenas podía retener la bebida. Se ayudó con una mano para mantenerla dentro hasta conseguir tragar. Parecía querer más. Su amigo repitió el ofrecimiento y entonces oyó, con dificultad: «Es ist gut».

«Está bien». En aquel contexto, también podría entenderse «basta». Wasianski anotó que fueron sus últimas palabras. Están en la página 215 del libro que publicó en 1804.

Quedaban unas diez horas de vida. Al acercarse las once de la mañana, la hermana de Kant estaba a los pies del lecho y un sobrino a la cabecera. Wasianski se arrodilló para verle el rostro y observar el pulso. Cuenta que la respiración se fue espaciando hasta detenerse, justo cuando el reloj daba las once.

El hombre que pudo entenderlo

Wasianski había sido alumno y amanuense de Kant. Tras reanudar su relación en 1790, acabó ocupándose de sus asuntos y de muchos cuidados cotidianos. En las últimas semanas, esa familiaridad le permitía descifrar expresiones que desconcertaban a otras personas.

Kant llamaba a acostarse «ir a la estufa verde», por el color de la estufa de un dormitorio anterior. El autor de la Crítica de la razón pura tenía dificultades para pedir cosas corrientes. A su lado hacía falta alguien que supiera a qué habitación, objeto o necesidad se refería.

La escena del vaso pertenece a esa intimidad: un hombre intenta beber; otro procura comprenderlo. Resulta una exigencia extraña pedirle además que resuma toda su filosofía antes de morir.

Cómo una frase se convierte en despedida

Fuera de la habitación, las palabras adquieren otra vida. Wikiquote las recoge aisladas, bajo el rótulo «Últimas palabras». En un artículo de RND de 2024, el periodista Kristian Teetz plantea si Kant estaba mirando satisfecho su existencia, aunque reconoce que no lo sabemos. Ahí aparece el sabio que se despide reconciliado con lo vivido.

En 1827, Thomas de Quincey había publicado Los últimos días de Immanuel Kant, elaborado con relatos de Wasianski y otros contemporáneos. Su versión inglesa traduce la frase como It is enough: «Basta». Conserva la bebida y los ofrecimientos sucesivos, pero esas palabras tienen una resonancia que el alemán no impone.

En la Biblia del rey Jacobo, en 1 Reyes 19:4, Elías se sienta bajo un enebro y pide morir: «It is enough; now, O Lord, take away my life». «Basta; ahora, Señor, quítame la vida».

Un lector familiarizado con ese versículo podía oír una despedida en la traducción de De Quincey. El eco bíblico es una posibilidad de lectura; no sabemos si el escritor quiso provocarlo. Tampoco demuestra qué pensaba Kant.

Entre el vaso y el epitafio cabe una traducción. «Está bien» puede acompañar un pequeño alivio; «basta» puede cerrar una vida. Wasianski nos dejó al anciano bebiendo. La posteridad ha tenido más dificultades para dejarlo ahí.