Filósofo alemán
Corriente: Criticismo e idealismo trascendental.
Padres: Johann Georg Kant y Anna Regina Reuter.
Obras principales: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio.
Immanuel Kant nació el 22 de abril de 1724 en Königsberg, capital de Prusia Oriental, hoy Kaliningrado (Rusia). Filósofo alemán de la Ilustración, elaboró el criticismo, una filosofía sobre las condiciones y los límites del conocimiento humano con consecuencias para la ciencia, la metafísica y la moral. Preguntó no solo qué podemos conocer, sino qué hace posible el conocimiento objetivo.
Orígenes, estudios y primeros trabajos
Era hijo de Johann Georg Kant, fabricante de arneses, y de Anna Regina Reuter. La familia disponía de medios modestos y practicaba el pietismo luterano. Estudió en el exigente Collegium Fridericianum, cuya severa disciplina religiosa rechazó. En 1740 ingresó en la Universidad de Königsberg. Allí, Martin Knutzen lo acercó a la física de Isaac Newton y a la filosofía de Gottfried Leibniz, difundida en las universidades alemanas por Christian Wolff.
La falta de recursos retrasó su carrera académica. Tras la muerte de su padre, trabajó varios años como preceptor en hogares de Prusia Oriental. Regresó a la universidad en 1755 y empezó a enseñar como docente privado: no recibía un salario fijo, sino los pagos de quienes asistían a sus clases. Para sostenerse impartía numerosas horas semanales de lógica, metafísica, matemáticas, física y geografía. En 1770 obtuvo la cátedra de Lógica y Metafísica.
De la física al criticismo
El primer Kant no fue exclusivamente metafísico. En Historia general de la naturaleza y teoría del cielo (1755) propuso una explicación de la formación del sistema solar a partir de materia dispersa y leyes físicas, antecedente de las hipótesis nebulares posteriores. También investigó los terremotos de 1755. Su interés por Newton planteaba cómo justificar la necesidad de las leyes científicas.
El empirismo de David Hume lo obligó a reconsiderar el fundamento de la causalidad. Kant reconoció más tarde que aquella objeción lo había despertado de su «sueño dogmático». Jean-Jacques Rousseau influyó, por otra parte, en su valoración de la libertad y la dignidad humanas. No aceptó sin más ninguna de esas tradiciones.
En su disertación inaugural de 1770, Sobre la forma y los principios del mundo sensible e inteligible, distinguió el conocimiento sensible del intelectual y defendió que el espacio y el tiempo pertenecen a la forma de nuestra sensibilidad. Aún confiaba en formas de conocimiento intelectual que después cuestionaría. Durante la década siguiente investigó cómo se aplican los conceptos puros a los objetos de experiencia.
Crítica de la razón pura: qué podemos conocer
En 1781, a los 57 años, publicó Crítica de la razón pura. Su problema central era explicar los juicios sintéticos a priori: afirmaciones que amplían nuestro conocimiento y, sin depender de una comprobación empírica particular, pretenden valer necesariamente, como ocurre, según Kant, con las matemáticas y los principios fundamentales de la ciencia natural. Los juicios analíticos, en cambio, se limitan a explicitar lo contenido en un concepto.
Su respuesta fue que la experiencia aporta el contenido del conocimiento, pero solo puede convertirse en experiencia objetiva bajo determinadas condiciones. El espacio y el tiempo son formas a priori de la sensibilidad; las categorías del entendimiento, entre ellas la causalidad, permiten pensar los objetos y relacionar los acontecimientos. Se refería a condiciones trascendentales del conocimiento, no a meros mecanismos psicológicos.
Kant comparó este cambio de enfoque con una revolución copernicana: en vez de exigir que nuestro conocimiento se ajuste sin más a objetos supuestamente accesibles con independencia de él, investigó cómo los objetos de experiencia se ajustan a nuestras formas de conocer. De ahí su distinción entre fenómenos, lo que podemos conocer según esas condiciones, y cosas en sí, cuya naturaleza no es objeto de conocimiento teórico. Así defendió la ciencia frente al escepticismo sin conceder a la metafísica tradicional la capacidad de demostrar la existencia de Dios o la inmortalidad del alma.
Tras los Prolegómenos (1783), preparó una segunda edición de la Crítica (1787), en la que reescribió la deducción trascendental de las categorías e incorporó una «refutación del idealismo» para aclarar su defensa de la experiencia de un mundo exterior. Sigue discutiéndose si esos cambios modificaron aspectos de su doctrina o, principalmente, la forma de argumentarla.
El deber, la libertad y la autonomía
En Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785) y Crítica de la razón práctica (1788) trasladó la investigación crítica al ámbito moral. Distinguió los imperativos hipotéticos, que indican lo que debemos hacer si perseguimos un fin —por ejemplo, estudiar si queremos aprobar—, del imperativo categórico, que obliga independientemente de nuestras preferencias y resultados esperados.
Una de sus formulaciones exige actuar solo conforme a máximas que podamos querer como leyes universales. La fórmula de la ley de la naturaleza invita a imaginar esa máxima como una ley que rige la conducta de todos y examinar si podemos concebirla y quererla. Otra formulación exige tratar a cada persona siempre también como fin en sí misma, nunca solo como instrumento. La fórmula de la autonomía añade que la voluntad racional ha de considerarse autora de la ley universal a la que se somete: obedecer moralmente no significa seguir una orden ajena, sino darse una norma válida para cualquiera.
Kant situó así el valor moral en la acción realizada por respeto al deber, no simplemente por inclinación o por sus buenas consecuencias. En La metafísica de las costumbres (1797) desarrolló las implicaciones de su ética en dos ámbitos: la doctrina del derecho, relativa a la libertad externa y a las leyes, y la doctrina de la virtud, referida a los deberes éticos.
La tercera Crítica y la vida pública
Con Crítica del juicio (1790) abordó un problema pendiente: cómo pensar conjuntamente la naturaleza, sometida a leyes, y la libertad, que fundamenta la moral. Estudió los juicios sobre lo bello y lo sublime y la manera en que interpretamos los organismos como si respondieran a fines. No pretendió demostrar que la naturaleza tuviera una finalidad objetiva, sino explicar la función orientadora de ese modo de juzgar. Así buscó una mediación entre razón teórica y práctica.
Kant participó también en los debates de la Ilustración. En ¿Qué es la Ilustración? (1784) defendió el uso público e independiente de la razón bajo la divisa Sapere aude, «atrévete a saber». En Hacia la paz perpetua (1795) propuso principios jurídicos para limitar la guerra mediante constituciones republicanas y una federación de Estados libres. Sin embargo, negó el derecho a la revolución y restringió la ciudadanía política.
Sus ideas religiosas provocaron un conflicto con la monarquía prusiana. Tras publicar La religión dentro de los límites de la mera razón (1793), recibió en 1794 una reprimenda del rey Federico Guillermo II y se comprometió a no pronunciarse públicamente sobre religión durante aquel reinado. Publicó además Antropología en sentido pragmático (1798), resultado de una larga actividad docente dedicada al estudio de la conducta humana.
Su universalismo moral contrasta con afirmaciones jerárquicas sobre las razas presentes en parte de sus escritos antropológicos y con sus restricciones a la ciudadanía de las mujeres. Se debate hasta qué punto modificó esas posiciones al criticar posteriormente la esclavitud y el colonialismo.
El hombre de Königsberg y sus últimos años
Kant no se casó ni tuvo hijos. Su reputación de hombre metódico se alimentó de sus horarios y paseos regulares, pero ha oscurecido su vida social. Disfrutaba de las conversaciones, recibía invitados a comer y cultivó amistades duraderas. Entre ellas destacó la del comerciante inglés Joseph Green, con quien discutía cuestiones intelectuales y cuya disciplina cotidiana influyó en sus hábitos. También mantuvo relación con el escritor y político local Theodor Gottlieb von Hippel. Sus contemporáneos también lo describieron como un conversador ameno.
Dejó la docencia en 1796. En sus últimos manuscritos, reunidos póstumamente como Opus postumum, intentó precisar el tránsito entre los fundamentos metafísicos de la ciencia natural y la física empírica, una dificultad que consideraba todavía abierta en su sistema. La obra quedó fragmentaria. Sus facultades disminuyeron progresivamente y murió en Königsberg el 12 de febrero de 1804, a los 79 años.
Su influencia fue conflictiva: Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Schelling y Georg Wilhelm Friedrich Hegel desarrollaron sus filosofías discutiendo los límites del criticismo, especialmente el problema de la cosa en sí; Arthur Schopenhauer ofreció otra reinterpretación decisiva. Kant no cerró la metafísica, sino que obligó a justificar sus pretensiones antes de aceptarlas, una exigencia que siguió marcando la filosofía posterior.