Una librería nacida de un accidente
El 15 de noviembre de 1915, Adrienne Monnier abrió La Maison des Amis des Livres en el número 7 de la rue de l’Odéon. Tenía veintitrés años y un pequeño capital procedente de una circunstancia inesperada: su padre había sufrido un grave accidente ferroviario y le entregó la indemnización recibida para que pudiera cumplir su sueño de convertirse en librera.
Monnier organizó algo poco habitual: una librería que también prestaba libros y celebraba lecturas públicas. Allí podían encontrarse autores consagrados, jóvenes escritores y lectores sin dinero suficiente para comprar todas las novedades.
En 1919, una estadounidense llamada Sylvia Beach abrió Shakespeare and Company en la cercana rue Dupuytren. Dos años después la trasladó al número 12 de la rue de l’Odéon, frente a la tienda de Monnier.
La francesa conocía íntimamente la literatura de su país; la estadounidense traía libros en inglés difíciles de encontrar en París. Su relación comenzó como una amistad, se convirtió en una relación amorosa y durante años compartieron también su vida cotidiana. Aquella colaboración intelectual y afectiva acabaría dando a la calle una personalidad propia.
La noche en que Joyce llegó a los franceses
El 7 de diciembre de 1921, la librería de Monnier acogió una conferencia del escritor Valery Larbaud sobre James Joyce.
Todavía no había aparecido Ulises, pero la novela ya despertaba controversia por sus experimentos narrativos y los problemas judiciales que había provocado su publicación parcial en Estados Unidos.
Aquella tarde se leyeron fragmentos de una traducción francesa. El anuncio advertía incluso de la audacia expresiva de algunas páginas. Joyce estaba siendo presentado a un público nuevo antes de que su libro pudiera comprarse.
Monnier recordaría después aquella sesión como uno de los acontecimientos memorables de su establecimiento.
La escena resume el funcionamiento de aquella pequeña comunidad: Larbaud prestaba su prestigio crítico, Monnier reunía a los lectores y Beach preparaba la edición inglesa de una novela que las editoriales tradicionales no se decidían a asumir.
Dos ejemplares en un tren desde Dijon
Sylvia Beach había ofrecido a Joyce algo más valioso que su entusiasmo: publicar Ulises por su cuenta.
Para financiar la empresa recurrió a suscriptores y organizó una tirada inicial de mil ejemplares en tres categorías. Los cien más caros, impresos en papel especial, llevarían la firma del autor. El impresor Maurice Darantière trabajaba en Dijon.
Beach tenía una fecha en mente: el 2 de febrero de 1922, cuadragésimo cumpleaños de Joyce.
Los problemas de impresión amenazaban con frustrarla. Finalmente, solo dos ejemplares estuvieron listos. Llegaron en tren desde Dijon, y Beach acudió a recogerlos a la estación. Uno terminó en manos de Joyce; el otro quedó en su librería.
La imagen de aquella mujer esperando un paquete que contenía dos libros —y no una gran remesa comercial— dice más sobre la precariedad de la empresa que cualquier declaración sobre su audacia.
La publicación dio fama internacional a Shakespeare and Company, pero también comprometió los recursos de Beach. Durante años debió ocuparse de costes, distribución y dificultades editoriales que excedían el trabajo ordinario de una librera.
Los escritores también necesitaban una biblioteca
Ernest Hemingway llegó a París en 1921, cuando todavía no era el novelista célebre. Encontró en Shakespeare and Company una biblioteca de préstamo y una librera dispuesta a confiar en él. En París era una fiesta recordaría que Beach le permitió llevarse libros incluso cuando no podía pagar inmediatamente la fianza.
En las paredes de la librería se exhibían fotografías de escritores y artistas. Por allí circulaban Ezra Pound, Gertrude Stein, F. Scott Fitzgerald y numerosos lectores hoy olvidados.
Los archivos conservados en Princeton permiten ir más allá de las celebridades. Sus tarjetas registran préstamos, direcciones, depósitos y devoluciones: muestran lo que realmente leía aquella comunidad, no solo las visitas que después se hicieron famosas.
Monnier, entretanto, desarrollaba una actividad igualmente decisiva. En su revista Le Navire d’argent difundió literatura francesa y extranjera. En 1929, bajo el sello de La Maison des Amis des Livres, publicó la primera traducción francesa de Ulises, realizada por Auguste Morel con Stuart Gilbert y revisada por Larbaud y el propio Joyce.
La simetría es reveladora: Beach había publicado la novela en inglés; Monnier contribuyó a darle una segunda vida editorial en francés.
El precio de sostener una revolución literaria
La fama no aseguró la prosperidad de las librerías. Publicar a Joyce había exigido a Beach una inversión considerable y una dedicación extraordinaria. En los años treinta, cuando la novela empezó a abrirse paso en el mercado estadounidense, el papel editorial de Beach quedó desplazado.
La Gran Depresión agravó las dificultades económicas. En 1936, André Gide y otros escritores impulsaron una asociación de amigos de Shakespeare and Company para sostener el establecimiento mediante suscripciones y actividades literarias.
Resultaba paradójico: la librería que había ayudado a dar a conocer a tantos autores necesitaba ahora que los escritores acudieran en su auxilio.
El final de dos librerías
La ocupación alemana de París acabó con Shakespeare and Company en 1941.
Según contó Beach, un oficial alemán quiso comprar un ejemplar de Finnegans Wake y ella se negó a vendérselo. Después, ante la amenaza de confiscación, retiró los libros y cerró. La anécdota pertenece fundamentalmente a su testimonio; el cierre, en cambio, está ampliamente documentado.
Beach fue internada durante varios meses durante la guerra. Nunca reabrió la librería original.
La Maison des Amis des Livres sobrevivió hasta 1951. Monnier explicó que tuvo que abandonarla por un reumatismo infeccioso que amenazaba con paralizarla. Murió en 1955; Beach, en 1962.
La Shakespeare and Company que hoy visitan los turistas junto al Sena es otro establecimiento, fundado por George Whitman en 1951 y rebautizado en 1964 en homenaje a la librería histórica.
Lo que quedó de aquella calle
En la rue de l’Odéon ya no están aquellas dos librerías. Quedan los edificios, los archivos, los libros y una historia que suele contarse a través de sus visitantes ilustres.
Pero quizá su acontecimiento más extraordinario fue menos visible: dos mujeres convirtieron pequeños comercios en editoriales, bibliotecas y lugares de encuentro capaces de atravesar fronteras culturales.
En febrero de 1922, una de ellas esperaba un tren procedente de Dijon con dos ejemplares de una novela. Siete años después, la otra publicaba aquella obra en francés.
Entre esos dos momentos cabe buena parte de la historia de la rue de l’Odéon.
