Las niñas que desaparecían ante las monjas

Dos hermanas ingresan en un internado religioso mientras sus padres atraviesan una crisis. Allí, la mayor conoce a Fátima, una alumna que le enseña los rincones prohibidos del colegio. Una noche, dos religiosas entran en una habitación y pasan junto a las niñas sin advertir su presencia. La pequeña Elba acabará dominando esos escondites imposibles mejor que nadie. En Mi hermana Elba (1980), el prodigio tiene la forma de un juego infantil, aunque sus consecuencias no son necesariamente inocentes.

El 3 de noviembre de 2026, el Ministerio de Cultura concedió a Cristina Fernández Cubas el Premio Cervantes. El jurado reconoció su renovación del cuento y de la literatura fantástica en español. La ceremonia de entrega está prevista para abril de 2027. La autora, nacida en Arenys de Mar en 1945, llevaba décadas explorando esos momentos en que un hecho minúsculo vuelve sospechoso todo lo demás.

Un tarro de mermelada devuelve a una mujer a su infancia

En el relato Los altillos de Brumal, incluido en el libro homónimo de 1983, Adriana encuentra una mermelada que lleva el nombre de Brumal, la localidad de su niñez. El hallazgo la empuja a regresar a un lugar del que su madre había querido apartarla. El viaje recupera un pasado que parecía enterrado y plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto de nuestra identidad procede de lo que recordamos y cuánto de lo que nos obligaron a olvidar?

Ese regreso admite una lectura psicológica, pero también una fantástica. La duplicidad de Adriana y su antiguo nombre, Anairda, da cuerpo al motivo del doble: la persona adulta se encuentra con una versión de sí misma que había quedado excluida.

Una hermana que tiene su propio mundo

En La habitación de Nona (2015), una narradora habla de su hermana menor, considerada «especial» por la familia. Nona dispone de un cuarto propio, guarda secretos y parece relacionarse con personas que los demás no ven. Su hermana, cada vez más celosa, intenta averiguar qué ocurre allí. La intriga empieza como una disputa doméstica por la atención de los padres y acaba poniendo en cuestión la identidad de quien cuenta la historia. Revelar más arruinaría el efecto del relato.

El libro obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 2016. Sus seis cuentos trabajan con perspectivas que parecen fiables hasta que un detalle obliga a reconsiderarlas. En la escritura de Fernández Cubas, la voz narradora puede resultar tan enigmática como aquello que describe.

El horror cambia de sitio

El ángulo del horror (1990) convierte la perspectiva en materia narrativa: lo familiar puede volverse intolerable cuando alguien descubre otra forma de mirarlo. La perturbación no depende siempre de una aparición. También puede nacer de una percepción alterada, de un recuerdo incompatible con los demás o de la sospecha de que una persona no es exactamente quien creíamos.

La propia escritora lo expresó al hablar de su obra: «A menudo se habla de lo fantástico en mi literatura, pero yo más bien lo definiría como lo inquietante». La declaración, difundida por su editorial tras el Cervantes, permite entender por qué sus historias comienzan tantas veces en familias, escuelas y habitaciones reconocibles.

Más allá del cuento

Fernández Cubas ha cultivado otros géneros: las novelas El año de Gracia (1985) y El columpio (1995), el teatro con Hermanas de sangre (1998) y las memorias narradas de Cosas que ya no existen (2001). En 2023 obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas y en 2025 regresó al relato con Lo que no se ve.

El Cervantes de 2026 reconoce el conjunto de esa trayectoria, pero señala de manera especial su contribución al cuento como género autónomo. La niña que atraviesa un internado sin ser vista, la mujer que reconoce un pueblo en la etiqueta de una mermelada y la hermana que escucha voces en el cuarto de Nona pertenecen a libros separados por treinta y cinco años. En todos ellos, lo decisivo ocurre cuando alguien descubre que su explicación de la realidad era insuficiente.