«Arquitectos: todos imbéciles. Olvidan siempre la escalera de las casas». «Diploma: señal de saber. No prueba nada». «Diccionario: decir que solo sirve para los ignorantes».

Gustave Flaubert reunió esas definiciones y centenares de otras en un libro extraño: un diccionario que no explicaba las palabras, sino que enseñaba las opiniones que convenía repetir para parecer una persona instruida. El autor de Madame Bovary llevaba años escuchando la conversación de sus contemporáneos y anotando sus lugares comunes. Pensaba aprovecharlos todos.

Una carta que amenazaba con dejar mudos a los lectores

El 17 de diciembre de 1852, cuando Madame Bovary aún estaba por publicar, Flaubert escribió a la poeta Louise Colet sobre una vieja idea que lo entusiasmaba: su Diccionario de ideas recibidas. Imaginaba un repertorio alfabético de todo lo que había que decir en sociedad para pasar por alguien correcto y agradable. No quería que apareciera en él ni una palabra de su propia cosecha.

Su ambición era más extravagante. Deseaba que, después de leerlo, nadie se atreviese a hablar por miedo a pronunciar espontáneamente alguna de las frases recogidas. No se trataba de prohibir la conversación: quería que sus lectores descubrieran cuánto hablaban sin detenerse a pensar.

Flaubert fantaseaba además con redactar un elogio tan solemne de las opiniones mayoritarias y de la mediocridad que el público dudase de si el escritor hablaba en serio. Uno de los encabezamientos del proyecto era Catalogue des opinions chic, algo así como «Catálogo de las opiniones que quedan bien». Lo importante no era que una idea fuera cierta, sino que proporcionara buena reputación a quien la repitiese.

Las cosas que hay que decir para quedar bien

El repertorio ofrece consejos de una utilidad social muy particular. «Academia Francesa: denigrarla, pero tratar de formar parte de ella». La institución literaria más prestigiosa de Francia debía ser despreciada en público y ambicionada en privado. Con la Legión de Honor, importante condecoración francesa, la recomendación era parecida: burlarse de ella, desearla y, una vez obtenida, asegurar que nunca se había solicitado.

Para hablar de libros tampoco hacía falta leerlos. «Aquiles»: añadir «el de los pies ligeros» para dar a entender que se ha leído a Homero. De un crítico literario había que decir que era «eminente», capaz de conocerlo todo, haberlo leído todo y haberlo visto todo. Y sobre el «genio» bastaba una explicación tajante: era una «neurosis».

Otros artículos recogen contradicciones que todavía suenan familiares. «Periódicos: no poder prescindir de ellos, pero despotricar contra ellos». «Principios: siempre indiscutibles; no se sabe decir ni cuáles son ni cuántos hay; da igual, son sagrados». Los artistas, por su parte, debían ser admirados por su desinterés, aunque también se decía que ganaban cantidades fabulosas y las derrochaban.

Muchas entradas conservan el acento de la Francia decimonónica: sus instituciones, sus honores y también sus prejuicios. Otras apenas requieren contexto. La gracia no está en una definición extravagante, sino en reconocer la seguridad con que alguien podría pronunciarla.

El diccionario que debían copiar dos personajes de novela

La historia dio un giro cuando Flaubert imaginó Bouvard y Pécuchet. Sus protagonistas son dos copistas parisinos que reciben una herencia, dejan su trabajo y se lanzan a estudiar cuanto se pone a su alcance: agricultura, medicina, historia, educación y otros saberes. Sus intentos de aplicar lo aprendido los conducen una y otra vez a equivocaciones y desengaños.

En el plan de la novela, después de esa aventura intelectual, ambos debían volver a copiar. Pero ya no documentos de oficina: reunirían fragmentos, disparates y afirmaciones contradictorias extraídos de los libros y del mundo que acababan de explorar. Flaubert dejó una instrucción expresa en sus notas de trabajo: insertar el Diccionario de ideas recibidas en aquella «copia». Las frases coleccionadas por el novelista pasarían así a formar parte de lo que copiaban sus propios personajes.

No llegó a completar ese proyecto. Murió en 1880 y quedaron inacabados tanto la novela como el diccionario. De este último sobrevivieron tres manuscritos, con diferencias entre ellos. Su primera publicación póstuma se incorporó a una edición de Bouvard y Pécuchet fechada en 1910; en 1913 apareció por separado. Todavía hoy existen ediciones que reúnen ambas obras, siguiendo el parentesco que Flaubert había previsto.

El diccionario suele leerse ahora por placer, como una sucesión de ocurrencias feroces. Una de las más breves, sin embargo, se reconoce fácilmente en cualquier discusión:

«Excepción: decir que confirma la regla. No aventurarse a explicar cómo».

Fuentes y documentos

Carta de Flaubert a Louise Colet del 17 de diciembre de 1852; Dictionnaire des idées reçues, texto francés de la edición Conard, completado con GF 1966; Biagio Magaudda, France Mémoire: manuscritos y lugar del diccionario en la novela; Centre Gustave Flaubert (Universidad de Ruán): plan de Bouvard y Pécuchet y la «copia»; Biblioteca Nacional de Francia: edición conjunta Flammarion, 2011.

Las entradas reproducidas en español son traducciones propias, algunas abreviadas, cotejadas con el texto francés indicado.