El 14 de noviembre de 1946, Manuel de Falla murió en Alta Gracia, en la provincia argentina de Córdoba. Le faltaban nueve días para cumplir setenta años. Había dedicado casi dos décadas a Atlántida, una obra que aspiraba a reunir mitología, historia y religión en una gran composición musical. Dejó partituras terminadas, fragmentos incompletos y numerosos apuntes. Su proyecto más ambicioso todavía no podía interpretarse íntegramente.
En 1927 había imaginado una composición relativamente breve. Diecinueve años después seguía trabajando en ella, incluso cuando su salud apenas le permitía atender las obligaciones cotidianas.
En 2026, cuando se cumplen 150 años de su nacimiento y 80 de su muerte, aquella partitura inconclusa permite reconstruir una vida que comenzó frente al Atlántico, atravesó la Guerra Civil española y terminó al otro lado del océano.
¿Qué era Atlántida y por qué obsesionó a Falla?
Atlántida era una cantata escénica basada en el poema épico L'Atlàntida, del sacerdote y poeta catalán Jacint Verdaguer, presentado en los Juegos Florales de Barcelona de 1877 y publicado en una edición revisada en 1878.
Verdaguer había reunido en su poema la destrucción del continente legendario, las hazañas de Hércules, la historia de Cristóbal Colón y una interpretación cristiana del destino humano. Falla encontró en aquel relato una materia capaz de integrar intereses que lo acompañaban desde niño: el océano, los mitos antiguos, la historia de España y su fe católica.
La conexión con Cádiz era personal. Durante su infancia había inventado una ciudad imaginaria, poblada de personajes e instituciones, a la que llamó Colón. Años después reconocería que la idea de la Atlántida pertenecía a sus fantasías infantiles.
En 1926, durante un viaje por Europa, su amigo Juan Gisbert Padró le sugirió trabajar sobre el poema de Verdaguer. Falla, que deseaba dedicar una composición a Cataluña, acogió la propuesta. En 1927 ya desarrollaba el proyecto.
El 10 de noviembre de aquel año, escribía al pintor José María Sert, con quien proyectaba colaborar en la escenografía, que debía tratarse de «una obra corta». Incluso se consideró la posibilidad de estrenarla durante la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929.
No ocurrió. Cuando llegó aquella fecha, Falla todavía estaba transformando el poema en un texto apto para la composición musical y estudiando las fuentes que necesitaba.
La obra que había imaginado breve comenzaba a ocupar el resto de su vida.
¿Por qué era tan difícil componerla?
Falla quería establecer conexiones musicales entre el mundo antiguo y el moderno, Oriente y Occidente, las tradiciones populares y la música religiosa. No pretendía limitarse a ilustrar musicalmente el poema de Verdaguer: buscaba un lenguaje capaz de abarcar su enorme contenido histórico y simbólico.
La documentación que reunió da una idea de la dificultad. Según el musicólogo Yvan Nommick, en su biblioteca personal se conservan dieciséis ejemplares del poema de Verdaguer, además de estudios sobre la Antigüedad clásica, la Atlántida, Cádiz, Cristóbal Colón y las culturas americanas.
La investigación musical fue igualmente extensa. Falla estudió fuentes de la antigua Grecia, cantos de los incas, música popular catalana, tradiciones de Oriente Próximo, Japón, China e Indochina y composiciones españolas del Renacimiento.
Esa diversidad no significaba que pretendiera incorporar todas aquellas músicas literalmente. Le servían como materiales de estudio para encontrar recursos expresivos y resolver los problemas que planteaba la partitura.
El contraste con sus composiciones anteriores resulta revelador. Su Concierto para clave y cinco instrumentos duraba aproximadamente catorce minutos. Atlántida, en cambio, exigía organizar una estructura monumental con coros, solistas, orquesta y una compleja sucesión de escenas.
La minuciosidad que había dado precisión a sus obras anteriores se enfrentaba ahora a una cantidad de materiales excepcional. Cuanto más investigaba, más difícil resultaba decidir qué debía formar parte de la composición definitiva.
¿Por qué se marchó Falla a Argentina?
Falla viajó a Argentina en octubre de 1939 para dirigir cuatro conciertos en el Teatro Colón de Buenos Aires, pocos meses después del final de la Guerra Civil española. El desplazamiento respondía a compromisos profesionales, pero acabó convirtiéndose en una residencia definitiva.
Su marcha no puede reducirse a la huida de un opositor político. Falla era profundamente católico, había vivido con angustia la violencia anticlerical durante la guerra y mantenía posiciones personales difíciles de encasillar.
También lo había conmocionado el asesinato de su amigo Federico García Lorca en 1936. A la incertidumbre política se sumaban problemas de salud, dificultades económicas y una necesidad creciente de tranquilidad para trabajar.
El Gobierno de Franco, interesado en recuperar a una figura de prestigio internacional, le ofreció una pensión vitalicia condicionada a su regreso a España. Falla rechazó la oferta.
Permaneció en Argentina, aunque conservó sus vínculos personales y culturales con España. Entre los papeles que lo acompañaron durante el viaje figuraban los manuscritos de Atlántida.
¿Cómo pasó sus últimos años en Alta Gracia?
En 1942, Falla se instaló con su hermana María del Carmen en el chalé Los Espinillos, situado en Alta Gracia, en la provincia de Córdoba.
Su vida era reservada, pero no estaba completamente aislado. Recibía visitas de amigos, músicos y escritores, y seguía atento a la actividad cultural. En diciembre de 1940 había dirigido dos conciertos radiofónicos en Buenos Aires. Del celebrado el día 15 procede la única grabación conocida de su voz.
En agosto de 1945, Rafael Alberti, Paco Aguilar y Donato Colacelli acudieron a Los Espinillos para ofrecerle un pequeño concierto doméstico de poesía, laúd y piano. Alberti recordó aquel encuentro en un artículo publicado poco después en el diario argentino La Nación.
La salud de Falla, sin embargo, se deterioraba. Las obligaciones cotidianas interrumpían continuamente su trabajo y hasta contestar la correspondencia se había convertido en una tarea difícil.
Una carta dirigida a Ernesto Halffter muestra hasta qué punto.
El documento lleva fecha del 10 de abril de 1946, pero el propio Falla explicó que había empezado a redactarlo en marzo de 1944. Tras nuevas interrupciones, todavía tuvo que continuarlo en mayo de 1946. Había necesitado más de dos años para completar aquella comunicación.
En la misma carta confesaba que abandonar la composición supondría faltar a un deber de conciencia y que haría cuanto pudiera para terminar su «pobre Atlántida».
La dificultad para concluir una simple carta contrasta con la magnitud de la obra que seguía intentando escribir.
Murió pocos meses después, sin escucharla terminada.
¿Qué dejó escrito y qué faltaba?
Falla dejó un conjunto desigual de partituras, borradores y anotaciones. Algunas secciones estaban prácticamente terminadas; otras existían solo en forma de esbozos.
El Prólogo estaba compuesto y orquestado casi por completo, salvo algunos compases del Hymnus Hispanicus. La primera parte se encontraba bastante avanzada, aunque todavía necesitaba orquestación. De la segunda, la más extensa, quedaban borradores parciales y numerosos materiales de trabajo. La tercera contenía pasajes muy desarrollados, incluso con indicaciones instrumentales.
El último manuscrito musical fechado que se conoce corresponde al 8 de julio de 1946: un borrador del aria de Pirene.
¿Por qué no pudo concluirla?
La enfermedad y las interrupciones explican una parte del retraso. Pero Yvan Nommick ha señalado también un problema estrictamente musical: la dificultad de organizar una composición de grandes dimensiones para un autor cuya producción anterior había alcanzado sus mayores logros en formas mucho más concentradas.
No sabemos cuánto tiempo más habría necesitado ni qué decisiones habría tomado sobre los materiales acumulados.
Lo que sí muestran los manuscritos es que la obra quedó inconclusa, no abandonada. Falla trabajó en ella hasta sus últimos meses.
¿Quién terminó Atlántida después de su muerte?
En 1954, el compositor Ernesto Halffter, discípulo de Falla, asumió el encargo de ordenar, revisar y completar Atlántida a partir de los manuscritos de su maestro.
No se trataba simplemente de copiar las notas existentes. Había que reconstruir pasajes, desarrollar materiales incompletos, resolver la instrumentación y convertir numerosos fragmentos en una partitura interpretable.
Halffter dedicó aproximadamente seis años a aquella primera reconstrucción.
El 24 de noviembre de 1961, quince años después de la muerte de Falla, se estrenó una primera versión de concierto en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, dirigida por Eduardo Toldrá.
El 18 de junio de 1962 llegó su estreno escénico en el Teatro alla Scala de Milán, bajo la dirección de Thomas Schippers.
Halffter siguió revisando la composición. En 1976, durante el Festival de Lucerna, se presentó una nueva versión, denominada «definitiva», considerablemente modificada respecto a la primera.
Su intervención permitió escuchar públicamente una música que habría permanecido dispersa entre manuscritos. Pero también abrió una cuestión difícil de resolver: ¿hasta dónde llegaban las decisiones de Falla y dónde comenzaban las aportaciones de su discípulo?
Atlántida pertenece a Falla por su concepción, sus materiales y buena parte de su escritura. Las versiones completas conocidas, sin embargo, contienen necesariamente el trabajo creativo de Halffter.
Terminar una obra ajena puede exigir mucho más que completarla técnicamente. En este caso, supuso tomar decisiones que su autor nunca llegó a adoptar.
¿Cómo volvió Falla a Cádiz?
Los restos de Manuel de Falla fueron embarcados hacia España el 22 de diciembre de 1946, acompañados por su hermana María del Carmen.
Llegaron al puerto de Cádiz el 9 de enero de 1947, casi dos meses después de su fallecimiento. Recibió sepultura definitiva en la cripta de la catedral de Cádiz, la ciudad donde había nacido el 23 de noviembre de 1876.
El océano ante el que había crecido y que alimentó sus fantasías infantiles volvía a aparecer al final de su vida. También había ocupado un lugar central en el poema que lo acompañó durante sus últimos veinte años.
Su regreso cerró un recorrido geográfico, no el artístico. La historia de Atlántida continuó a través de los manuscritos, las reconstrucciones y las interpretaciones posteriores.
Falla había imaginado una obra breve y terminó dedicándole casi dos décadas. Halffter consiguió llevarla a los escenarios, pero no podía saber qué forma definitiva habría elegido su maestro.
Falla murió sin terminar la obra de su vida. Y aunque hoy podemos escuchar Atlántida, nunca sabremos exactamente cómo habría sonado la que él quería concluir.
