La llegada de Mehmed III al trono

Constantinopla, 27 de enero de 1595. Mehmed llega desde Manisa para ocupar el trono. Su padre, Murad III, ha muerto la noche del 15 al 16 de enero; la noticia se ha mantenido oculta hasta la llegada del heredero. Tiene veintiocho años y hereda uno de los imperios más poderosos del mundo. También encuentra diecinueve hermanos menores que pertenecen a la misma dinastía y podrían convertirse en aspirantes al sultanato.

Esa noche, el nuevo soberano ordena ejecutar a sus diecinueve hermanos: es la cifra que recogen los estudios de Tuğba Demirci y Feridun Emecen. No han encabezado ninguna rebelión. Emecen distingue cuatro príncipes de mayor edad —Mustafa, Bayezid, Osman y Abdullah— y otros quince muy pequeños. Los estrangulan conforme a una práctica que evita derramar la sangre de la familia imperial. Los cuerpos reciben sepultura junto a su padre.

La orden se inscribe en una práctica sucesoria que permitía justificar la eliminación de posibles rivales como una medida para conservar la estabilidad del Estado.

Una ley para matar a los hermanos

La sucesión otomana no garantizaba automáticamente el trono al primogénito. Varios varones de la dinastía podían aspirar a gobernar, y la muerte de un sultán abría la posibilidad de una lucha entre ellos. Los príncipes necesitaban apoyos entre militares, gobernadores y dignatarios; incluso uno que no conspirase podía convertirse en bandera de una facción descontenta.

El peligro de guerra civil tenía precedentes. Tras la derrota de Bayezid I frente a Tamerlán en 1402, sus hijos se disputaron el poder hasta 1413. La unidad del Estado quedó comprometida durante más de una década.

El código dinástico atribuido a Mehmed II, conquistador de Constantinopla en 1453, contiene, en la versión transmitida, una cláusula que autoriza el fratricidio. Permite al príncipe que alcanzase el sultanato a eliminar a sus hermanos en nombre del nizam-ı âlem: la preservación del orden político. Su formulación invocaba el parecer favorable de la mayoría de los ulemas, los especialistas religiosos.

La justificación consistía en presentar unas muertes dinásticas como un mal menor frente a una guerra general. Sin embargo, no hubo unanimidad jurídica: castigar una rebelión y ejecutar a quien no había cometido ningún delito eran problemas distintos. La atribución a Mehmed II y la historia de sus manuscritos han suscitado debate. Ekinci defiende su autenticidad frente a quienes la cuestionaron. Conviene distinguir esa discusión textual de la existencia documentada de ejecuciones dinásticas.

La sangre real no debía derramarse

El método de ejecución encerraba una paradoja. La tradición que protegía la sangre dinástica no protegía necesariamente la vida de quienes la llevaban. El estrangulamiento permitía matar sin verterla.

En 1595, esa distinción alcanzó una escala excepcional. Los diecinueve hermanos no murieron por una acción contra el soberano, sino por la amenaza potencial que representaban. Su parentesco bastaba para convertirlos en un riesgo político.

La historiadora Tuğba Demirci ha estudiado cómo recogieron el episodio los textos otomanos y qué reacciones provocó. La existencia de una justificación dinástica no significa que los contemporáneos recibieran aquellas muertes con indiferencia. Las crónicas y la literatura conservan también el dolor por los príncipes ejecutados.

Mahmud: la amenaza dentro de la familia

Mehmed III gobernaba en una corte donde su madre, Safiye Sultan, ejercía una notable influencia como valide sultan, madre del soberano. Su reinado transcurrió entre la guerra con los Habsburgo, la conflictividad de los soldados y las rebeliones celali en Anatolia. Ese contexto ayuda a entender la inseguridad del poder, aunque no demuestra por sí mismo la causa de cada ejecución.

La eliminación de sus hermanos no puso fin a los conflictos del reinado. En 1603, Mehmed III ordenó ejecutar a Mahmud, su hijo mayor superviviente, de quien sospechaba que podía disputarle el poder. El príncipe contaba con simpatías entre los militares.

El historiador Feridun Emecen, en su biografía del sultán para la TDV İslâm Ansiklopedisi, sitúa la muerte en una trama de sospechas palaciegas. Según el relato del diplomático inglés Henry Lello que recoge Emecen, la madre de Mahmud había consultado a un personaje religioso sobre el futuro de su hijo. La respuesta anunciaba que llegaría a gobernar. Es un testimonio sobre sospechas y noticias de palacio, no una prueba de que Mahmud preparase una conspiración. Safiye, enfrentada a la madre del príncipe, también intervino en aquel clima de vigilancia.

Mahmud fue estrangulado en junio de 1603. La condición de hijo del soberano tampoco lo protegió frente a una sospecha sucesoria.

Cuando Mehmed III murió en diciembre de aquel año, otro hijo, Ahmed, heredó el trono siendo adolescente. Su hermano Mustafa sobrevivió. No fue una abolición del fratricidio ni basta para atribuir al nuevo sultán una ruptura humanitaria: Ahmed todavía no tenía hijos, y conservar a Mustafa también protegía la continuidad de la dinastía.

De la ejecución a la jaula

La alternativa que fue consolidándose consistió en recluir a los posibles rivales dentro del palacio. El régimen conocido como kafes, «jaula», no era necesariamente una celda con barrotes: podía incluir dependencias cómodas, pero mantenía a los príncipes vigilados y apartados de la vida pública.

Sobrevivir tampoco significaba quedar preparado para gobernar. Los años de aislamiento sustituían a la experiencia administrativa y militar que antes adquirían los príncipes destinados a provincias.

En 1617, al morir Ahmed I, Mustafa accedió al sultanato. Que un hermano sucediera al soberano, en lugar de un hijo, abrió un precedente decisivo. Gradualmente se afianzó la preferencia por el varón de mayor edad de la familia, aunque las ejecuciones dinásticas continuaron en reinados posteriores.

Los diecinueve príncipes de 1595 no llegaron a conocer esa evolución. No habían perdido una guerra por la corona. Su muerte debía impedir una guerra que todavía no existía.