A Gandhi lo hemos visto tantas veces envuelto en una tela blanca que cuesta imaginarlo vestido de abogado, con traje y corbata. O enfadado. O equivocado. O diciendo cosas que hoy escandalizarían a muchos de sus admiradores.

El anciano de las gafas redondas se convirtió en símbolo de la paz. Pero el joven Gandhi había expresado prejuicios raciales; el marido quiso imponer sus ideas por la fuerza; el padre exigía a sus hijos sacrificios que ellos no siempre estaban dispuestos a hacer. Y el guía espiritual acabó realizando experimentos de castidad con una muchacha de su familia.

Mucho de esto no estaba escondido. Gandhi contó algunos episodios en su autobiografía. Otros provocaron críticas en vida. La pregunta es cómo un personaje tan contradictorio terminó convertido en una figura casi intocable.

El abogado que no pedía igualdad para todos

Gandhi llegó a Sudáfrica en 1893. Sufrió en primera persona la discriminación colonial y comenzó a defender los derechos de los indios. Pero en sus primeros años utilizó términos ofensivos para los africanos negros y protestó porque las autoridades trataran a los indios como a ellos. Su reclamación no era todavía una igualdad universal: insistía en que los indios merecían otra consideración.

¿Cambió de opinión? Los historiadores discuten cuánto y cuándo. Algunos destacan su evolución hacia una idea más amplia de la dignidad humana. Otros, como Ashwin Desai y Goolam Vahed, advierten que la versión del Gandhi sudafricano como defensor de todos los oprimidos oculta demasiadas cosas. En la Universidad de Ghana, la discusión sobre sus comentarios raciales llegó incluso a provocar una campaña contra una estatua instalada en 2016, retirada en 2018.

Defendió a los intocables, pero chocó con su autonomía política

En la India, Gandhi denunció la intocabilidad: la marginación impuesta a quienes nacían fuera de las castas consideradas superiores. Defendió que pudieran entrar en los templos y compartió trabajos que otros hindúes despreciaban. Los llamó harijan, «hijos de Dios», una expresión bienintencionada para él, pero rechazada por dirigentes dalits por su paternalismo.

La disputa decisiva fue con B. R. Ambedkar, jurista nacido en una comunidad discriminada. En agosto de 1932, el Gobierno británico concedió mediante el llamado Laudo Comunal electorados separados a las «clases deprimidas». Ambedkar los defendía porque permitirían elegir representantes sin depender del voto de las castas dominantes. Gandhi consideró que aquella medida dividiría a la comunidad hindú. Desde la prisión de Yerwada, el 20 de septiembre de 1932, inició una huelga de hambre y anunció que no volvería a comer hasta que se modificara la decisión británica, aunque eso le costara la vida.

Ambedkar tuvo que negociar mientras el país temía que Gandhi muriese. El Pacto de Poona, acordado el 24 de septiembre, elevó de 71 a 148 los escaños provinciales reservados para las clases deprimidas, pero los integró en electorados comunes, con una selección preliminar de candidatos por los propios electores de esas comunidades. No fue una derrota en todo: hubo más escaños. Tampoco fue la autonomía que Ambedkar pretendía.

Gandhi confiaba en cambiar la conciencia de la mayoría; Ambedkar quería derechos que no dependieran de esa conciencia. Después de la independencia, Ambedkar presidió el comité encargado de redactar el proyecto de Constitución, que prohibió la intocabilidad.

La vez que casi echó a Kasturba a la calle

Gandhi y Kasturba se casaron en 1883, cuando tenían trece años. En su autobiografía él reconoció que había sido un marido celoso y posesivo. También relató un episodio ocurrido en Sudáfrica que explica mejor su carácter que cualquier descripción.

En su casa vivía un empleado cristiano procedente de una familia considerada intocable. Kasturba, criada entre prejuicios de casta, tuvo que limpiar el recipiente sanitario que había usado. Lo hizo, pero entre lágrimas y con evidente disgusto. Gandhi no se conformó: quería que lo hiciera de buen grado. Discutieron. Él la agarró de la mano, la arrastró hasta la puerta y estuvo a punto de echarla.

El propósito era combatir un prejuicio injusto. El método consistió en intimidar a su esposa. Gandhi reconoció después que se había comportado vergonzosamente. Kasturba, que también participaría en la lucha por la independencia y soportaría la cárcel, no fue una simple acompañante de su marido ni aceptó siempre sus imposiciones.

En 1906, después de tener cuatro hijos, Gandhi hizo voto de castidad. A partir de entonces convirtió el control del cuerpo, la comida, el trabajo y la sexualidad en reglas de vida que afectaban también a quienes lo rodeaban.

El anciano que dormía desnudo con su sobrina nieta

En 1946, con 77 años, Gandhi se embarcó en una prueba que desconcertó incluso a personas cercanas. Compartió desnudo la cama con Manu Gandhi, su sobrina nieta, de unos diecisiete o dieciocho años. Quería comprobar si había vencido por completo el deseo sexual. Relacionaba aquella supuesta pureza interior con su capacidad de servir a los demás y trabajar por la paz.

La práctica provocó críticas y distanciamientos entre colaboradores. Nirmal Kumar Bose, que trabajó cerca de Gandhi, dejó testimonio de la controversia. Gandhi no mantuvo el experimento enteramente en secreto: habló y escribió públicamente sobre sus pruebas de castidad.

No hay pruebas de que mantuviera relaciones sexuales con Manu ni es correcto afirmar sin más que ella actuó contra su voluntad. Pero la situación plantea una cuestión difícil de esquivar: una joven participaba en una prueba concebida por un anciano que reunía sobre ella una autoridad familiar, espiritual y política extraordinaria. Consentimiento y desigualdad de poder no son asuntos idénticos.

La anticoncepción, asunto de disciplina

En diciembre de 1935, la activista estadounidense Margaret Sanger habló con Gandhi sobre la posibilidad de que las mujeres controlaran sus embarazos mediante anticonceptivos. Él rechazó recomendar métodos artificiales. Consideraba que el sexo debía reservarse a la procreación y que la continencia era la respuesta moral al deseo.

También defendía que una esposa tenía derecho a rechazar las demandas sexuales de su marido. No era indiferente a la subordinación de las mujeres. Pero su solución exigía a las parejas una disciplina extraordinaria, incluso en matrimonios donde la mujer disponía de muy poco poder. Sanger quería facilitar una decisión práctica; Gandhi proponía transformar la conducta humana.

El hijo que quiso estudiar como su padre

El mayor de sus cuatro hijos, Harilal, quería estudiar en Inglaterra y abrirse camino profesionalmente, como había hecho Gandhi. Su padre no respaldó esa aspiración y esperaba de él una vida consagrada al servicio y al sacrificio. El conflicto entre ambos fue profundo y duradero.

Harilal terminó atravesando problemas económicos y personales, además de una dolorosa relación con su familia. No sería serio atribuirle al padre todos sus males. Pero hay algo revelador en la disputa: quien defendía la libertad de millones de indios tenía dificultades para aceptar que su hijo eligiera una vida distinta de la que él consideraba correcta.

El pacifista que buscó soldados para el Imperio

El futuro símbolo mundial de la no violencia colaboró con los británicos en servicios de camilleros durante la guerra de los bóers (1899-1900) y la rebelión zulú de 1906. Atender heridos no equivalía a empuñar un fusil.

Más llamativo resulta lo ocurrido en 1918: Gandhi intentó reclutar voluntarios para el ejército británico en la región india de Kheda, mientras continuaba la Primera Guerra Mundial. Él mismo dejó constancia de aquella campaña. Pensaba que contribuir al esfuerzo de guerra podía favorecer el reconocimiento de mayores derechos para los indios dentro del Imperio.

Sus ideas sobre la no violencia y la relación con el dominio colonial evolucionaron. Eso explica el contexto, pero no hace desaparecer el contraste: quien enseñaría a resistir al Imperio sin armas había pedido antes compatriotas para sus fuerzas armadas.

¿Resistir a Hitler sin armas?

La no violencia lo llevó a defender posiciones aún más difíciles de aceptar. En 1938, cuando los judíos alemanes sufrían una persecución brutal, Gandhi les aconsejó resistencia no violenta frente al régimen nazi. Condenaba esa persecución, pero creía que incluso ante Hitler la firmeza moral podía ofrecer una respuesta.

Escribió además dos cartas dirigidas a Hitler, en 1939 y 1940, con el saludo «Querido amigo». No eran cartas de adhesión al nazismo: apelaban a que detuviera la guerra y criticaban sus actos. Las autoridades británicas impidieron su entrega. El verdadero problema no era una supuesta amistad con Hitler, sino hasta dónde podía llevar Gandhi un principio de resistencia que para otras víctimas resultaba desesperadamente insuficiente.

La independencia que llegó acompañada de una matanza

En 1947, la India británica quedó dividida en dos Estados independientes, India y Pakistán. La Partición desencadenó desplazamientos masivos y matanzas entre comunidades religiosas. Gandhi, que había defendido la convivencia entre hindúes y musulmanes, no pudo evitar aquella catástrofe.

En vez de celebrar tranquilamente la independencia, recorrió zonas sacudidas por la violencia e hizo ayunos para exigir el fin de los ataques. Su capacidad de influencia seguía siendo enorme, pero no podía reconstruir por sí solo la convivencia rota. Fue una derrota dolorosa para su proyecto de una India unida.

El 30 de enero de 1948, Nathuram Godse, un extremista nacionalista hindú que rechazaba sus posiciones hacia los musulmanes, lo asesinó en Nueva Delhi. Gandhi tenía 78 años. La imagen del Mahatma ya existía en vida; su asesinato la consagró.

Lo que quedó fuera de la estatua

Sus admiradores no inventaron de la nada su importancia. Gandhi había transformado la satyagraha, la resistencia basada en la verdad y la no violencia, en una poderosa herramienta de movilización popular. Su influencia llegó mucho más allá de la India, a movimientos como el de los derechos civiles de Martin Luther King. La independencia fue obra de muchos actores y circunstancias, pero el lugar de Gandhi en aquella historia es indiscutible.

También es cierto que se examinó a sí mismo, reconoció errores y dejó por escrito episodios poco favorecedores. No era un personaje sin autocrítica. Su empeño por decir la verdad sobre sí mismo permite hoy conocer contradicciones que una biografía complaciente habría preferido olvidar.

Después vino la simplificación. El abogado que despreciaba a los africanos, el marido capaz de intimidar a Kasturba, el padre inflexible y el anciano de los extraños experimentos sexuales fueron quedando detrás del hombre de las gafas, el bastón y la tela blanca.

En una estatua todo parece coherente. En una vida, casi nunca.