Según una tradición conservada por la familia del obispo John Aylmer, un día de 1578 el religioso abrió la boca ante Isabel I de Inglaterra y dejó que un cirujano le arrancara una muela. El propósito era convencer a la reina de que aceptara la extracción que le aconsejaban. Un sacrificio dental como argumento político: pocos cortesanos habrían llevado tan lejos su lealtad.

La escena es formidable. También es una tradición: John Strype la recogió más de un siglo después y explicó que procedía de la familia Aylmer. El dolor dental y las consultas médicas tienen un respaldo distinto, pues el historiador aseguró haber examinado una carta del médico consultado. De aquella muela pasamos a otra historia aún más extravagante: la de una reina con los dientes negros cuya pronunciación supuestamente exigía intérpretes especiales.

«Tenía terror a los dentistas»

La muela enferma aparece en la documentación; el sacrificio de Aylmer pertenece a la tradición. En diciembre de 1578, la corte buscó consejo por el dolor que padecía Isabel. John Anthony Fenotus recomendó extraer la pieza si estaba hueca y propuso también un tratamiento destinado a aflojarla para retirarla sin los instrumentos habituales.

En el siglo XVI una extracción no se parecía a una visita al odontólogo moderno. No había anestesia como la actual. El procedimiento podía ser doloroso, romper la pieza y dejar una herida expuesta a infecciones. Y quienes intervenían no eran «dentistas» en el sentido profesional que hoy damos a la palabra, sino cirujanos y otros operadores. Una reina podía dar órdenes en medio continente, pero no podía ordenar que le arrancasen una muela sin dolor.

En ese escenario aparece Aylmer. Según la tradición transmitida por Strype, el obispo, ya escaso de dientes, quiso demostrar que se podía soportar el tormento. Su ejemplo pudo ser eficaz; la narración sostiene que Isabel acabó aceptando la intervención. Pero no convierte a la soberana en una mujer que pasó toda su vida aterrorizada por los cirujanos.

«Su boca estaba en ruinas»

Dos visitantes vieron una dentadura muy deteriorada. En 1597 el diplomático francés André Hurault de Maisse contempló a una Isabel de sesenta y cuatro años. Vio dientes amarillos, desiguales, con ausencias más notables en un lado. Y anotó que cuando la reina hablaba deprisa se volvía difícil entenderla. Debía prestar atención tanto a sus palabras como a su pronunciación.

Al año siguiente, en Greenwich, el viajero alemán Paul Hentzner asistió a una ceremonia. Desfilaron caballeros, nobles, oficiales y los símbolos del poder. Isabel apareció entre sedas, joyas y perlas. El visitante reparó en su porte, sus vestidos y su rostro. Pero vio algo que ninguna joya podía ocultar: sus dientes eran negros.

De Maisse dijo amarillos; Hentzner, negros. Ninguno contó las piezas ni hizo un diagnóstico. Ambos describieron una boca castigada. Hentzner, además, ofreció su explicación: achacó ese aspecto al mucho azúcar que, según creía, consumían los ingleses. En las mesas acomodadas de la época, confites y dulces eran símbolos de lujo. El azúcar favorece las caries; atribuirle una proporción concreta del deterioro de Isabel sería ir más allá de lo que observó el viajero. En cambio, la distancia entre los retratos de juventud perpetua y lo que vieron aquellos visitantes resulta muy fácil de imaginar.

«Los embajadores necesitaban intérpretes»

El cuento de los intérpretes no tiene respaldo documental conocido. De Maisse contó que era difícil seguir a Isabel cuando hablaba con rapidez. No dijo que hubiera especialistas encargados de descifrarla. Tampoco dejó constancia de que la reina cerrara la corte para esconder la boca. De una observación razonable se ha fabricado una historia desmesurada.

Hentzner la vio conversar con los presentes y destacó sus lenguas: inglés, francés e italiano. Una articulación defectuosa no hacía desaparecer el conocimiento de esos idiomas. Y hubo una audiencia que muestra a Isabel en pleno ejercicio de la palabra, cuando tenía ya los dientes que tan poco gustaron al diplomático francés.

El 25 de julio de 1597 llegó a Greenwich Paweł Działyński, embajador de Segismundo III de Polonia. Traía una protesta comercial y la expuso en latín. Isabel le respondió en latín. Los relatos ingleses y polacos discrepan sobre algunos aspectos de aquel choque, pero coinciden en que no fue una visita intrascendente.

Responder en latín no demuestra que cada sílaba sonara perfectamente clara. Tampoco prueba que nunca se recurriera a intérpretes ordinarios en otras audiencias. Pero no aparece aquí ningún especialista en descifrar una supuesta lengua desdentada. Działyński llegó con una reclamación cuidadosamente preparada. Frente a él tenía a una reina de sesenta y cuatro años, con una boca que los visitantes no perdonaban. Isabel le contestó en latín.

Fuentes consultadas

  1. John Strype, Historical Collections of the Life and Acts of John Aylmer (1701; ed. Oxford, 1821), pp. 192-193. Transcripción; original no cotejado.
  2. André Hurault de Maisse, De Maisse: A Journal, ed. Harrison y Jones (1931), pp. 25-26. Extracto; traducción española indirecta.
  3. Paul Hentzner, Itinerarium (1612), viaje de 1598; edición inglesa.
  4. British Library, Add MS 48128, ff. 50-52; Teresa Bałuk-Ulewiczowa, «Audiatur et Altera Pars» (2017).
  5. A. S. Hargreaves, «Queen Elizabeth I and her teeth», British Dental Journal 167 (1989), pp. 286-288. Resumen verificado; íntegro no cotejado.