Bhîma. Así firma el autor del Manual espírita, publicado en México en 1911. El nombre pertenece a un guerrero del Mahabharata; detrás se esconde un hombre que también ha entrado en combate, aunque su campo de acción está en México. El seudónimo enlaza su interés por la tradición india con una precaución política: publicar sus creencias sin exponer su nombre.
Es Francisco I. Madero, hacendado de Coahuila, iniciador de la Revolución mexicana y presidente desde 1911. Sus documentos permiten seguir una transformación: el administrador de un patrimonio familiar empezó a entender su vida como una obligación hacia otros. Los mensajes que atribuía a los espíritus acompañaron ese cambio. Para él, hacer política llegó a ser una misión moral.
Las memorias
En las memorias que comenzó en 1909, Madero recuerda sus años de estudio en Francia. En París descubrió la Revue Spirite y compró los libros de Allan Kardec. Se preparaba para los negocios; aquellas lecturas le plantearon una responsabilidad que excedía la prosperidad familiar.
El espiritismo kardeciano sostenía que el espíritu sobrevive al cuerpo, se reencarna y puede comunicarse mediante médiums. Cada existencia permitiría progresar moralmente. Madero ensayó la escritura automática: tomaba la pluma y atribuía lo escrito a otra inteligencia. Hubo interrupciones y nuevos intentos antes de convertirla en práctica constante. En sus memorias, recogidas en el Archivo de don Francisco I. Madero. Epistolario, tomo I, relacionó esas comunicaciones con su transformación personal.
No era una extravagancia aislada del hacendado. El espiritismo circulaba en revistas, asociaciones y congresos. Ignacio Mariscal, ministro de Díaz, tradujo a Léon Denis; Madero se comprometió a financiar ejemplares de esa traducción en 1906, según Felipe Ávila, «Francisco I. Madero, el espiritista. La batalla interna antes de la Revolución», en Milenio. La doctrina podía reunir a hombres situados en bandos políticos distintos.
Los cuadernos
Los Cuadernos espíritas, 1900-1908, editados por Alejandro Rosas en las Obras completas de Clío, permiten entrar en aquella intimidad sin inventarle pensamientos. La edición apareció en 2000; sus fechas delimitan un conjunto documental, no un diario continuo. Entre sus interlocutores figura «Raúl», identificado por Madero con su hermano muerto en la infancia, distinto del Raúl que participaría en la Revolución.
Las primeras instrucciones insistían en dominar los impulsos y practicar la caridad. Pero la política no irrumpió de golpe en 1907. La ficha «Francisco Ignacio Madero», del proyecto Esoterismo en México de la UNAM, documenta una comunicación de 1903 sobre participación cívica y compromiso patriótico. Aquel deber precedió a su intervención en campañas locales.
En 1907 y 1908 gana presencia «José». Ávila recoge una comunicación del 4 de mayo de 1907 que le aconseja estudiar historia moderna de México. El 26 de enero de 1908, la exigencia adquiere esta forma: «Esa misión de gran responsabilidad la tendrás que desempeñar forzosamente porque allá van encaminados todos tus pasos».
El pasaje, reproducido por la UNAM desde las páginas 203-204 de los Cuadernos, añade que el éxito dependerá de sus esfuerzos. Hay obligación, pero no garantía de triunfo. La última comunicación conocida, del 16 de noviembre de 1908, lleva las iniciales «B. J.», atribuidas a Benito Juárez. Identificar también a «José» con Juárez fue una interpretación espiritista, no una identidad demostrada.
Hay un enlace más concreto con el libro: en octubre de 1907, una comunicación atribuida a «Raúl», recogida por Ávila, sitúa el comienzo de la lucha en el trabajo que Madero prepara. Ávila lo identifica con su escrito sobre el sistema porfirista. La preparación espiritual y el proyecto editorial aparecen así unidos; el documento no ofrece, en cambio, un plan detallado de la futura Revolución.
El libro
La sucesión presidencial en 1910. El Partido Nacional Democrático convierte una convicción íntima en intervención pública. El ensayo combate la perpetuación del poder personal y propone organizar una oposición electoral. Los criterios de la edición facsimilar de la Cámara de Diputados sitúan la primera impresión en diciembre de 1908 y la segunda en 1909. Esa secuencia evita confundir la fecha del título con la publicación.
Las comunicaciones documentan la preparación que Madero consideraba necesaria; el libro muestra qué hizo con ella. No equivalen, sin embargo, a una orden verificable que dictase cada argumento. Ante los ciudadanos debía defender elecciones libres y organización política con razones que no exigieran creer en sus interlocutores invisibles.
Enrique Krauze estudió esa vocación en Francisco I. Madero. Místico de la libertad (FCE, 1987). Gonzalo Lizardo amplía el marco en «Francisco Ignacio Madero o el espiritismo sincrético de un revolucionario» (Argos, 2024): examina la mezcla de tradiciones religiosas y su relación con una utopía democrática. La pregunta histórica es cómo esa fe orientó su conducta, sin confundirla con un programa compartido por todos los revolucionarios.
La carta
El 26 de septiembre de 1909, Madero escribe a Nicolás González y González. Está enfermo; envía la mayor parte de un manual que todavía no ha terminado. Quiere difundir su doctrina, pero pide reservar la autoría. Lo decisivo es la explicación: «en los actuales momentos políticos me perjudicaría grandemente, sin ningún beneficio para la causa».
La frase aparece en la página 1122 del Epistolario del INEHRM. Madero no estaba renunciando a su fe: calculaba el coste de hacerla pública. La misma convicción que lo impulsaba podía debilitar su autoridad ante otros. El creyente quería lectores para el manual; el dirigente necesitaba que su campaña se juzgara por su propuesta democrática.
El Plan de San Luis
En 1910, la candidatura, la prisión y el fraude electoral cerraron la vía que había defendido el libro. Tras escapar a Estados Unidos, Madero convocó la insurrección contra Porfirio Díaz. El Plan de San Luis, fechado el 5 de octubre, desconocía las elecciones, defendía la no reelección y contemplaba restituir tierras arrebatadas mediante abusos legales. Fijó el levantamiento para las seis de la tarde del 20 de noviembre de 1910: la convocatoria que se conmemora como inicio de la Revolución.
El hombre que creía recibir una misión asumía ahora las consecuencias de llamar a las armas. Esa continuidad biográfica no demuestra que los espíritus planearan la insurrección. Tampoco explica las razones de quienes se sumaron: agravios agrarios, desigualdades y exclusión política. La biografía Francisco I. Madero, del INEHRM, permite situar su trayectoria entre esas fuerzas. Los cuadernos iluminan la decisión del dirigente; no sustituyen la historia de la movilización colectiva.
El manual
El Manual espírita apareció en 1911, en la Tipografía «Artística». La firma Bhîma confirma el interés de Madero por la tradición india, pero no disponemos de una declaración que explique por qué eligió precisamente a ese héroe. El libro expone mediante preguntas y respuestas una doctrina de perfeccionamiento moral. Su publicación acompañó el año del triunfo revolucionario y de su llegada a la presidencia, el 6 de noviembre. Madero sería asesinado el 22 de febrero de 1913.
Hoy puede consultarse una transcripción del manual de 1911. La dedicatoria conserva la fecha de agosto de 1909, anterior a aquella carta de cautela. En la portada no figura el nombre con el que gobernaría México. Sigue diciendo Bhîma.
