En 1928, Fleming observó que un moho había contaminado una placa de cultivo de estafilococos. Alrededor del moho había una zona sin bacterias. La anomalía importó porque el investigador no se limitó a descartarla: estudió el efecto y llamó penicilina a la sustancia activa.
La observación abrió un camino, pero no puso de inmediato un medicamento a disposición de los pacientes. Más adelante, Howard Florey, Ernst Boris Chain y su equipo desarrollaron la investigación que permitió producir penicilina utilizable. El Nobel de Medicina de 1945 reconoció conjuntamente a Fleming, Chain y Florey.
Este caso invita a separar tres cosas: el hallazgo inesperado, su investigación y el trabajo posterior que lo convierte en tratamiento. El azar puede explicar que aparezca una placa contaminada; no sustituye la tarea de averiguar qué ocurre en ella ni el esfuerzo colectivo que viene después.