Una noche, en una discoteca francesa, un hombre intenta convencer a otro de que cometa un asesinato. No hay dinero, venganza ni una antigua enemistad. El motivo es mucho más desconcertante: uno de ellos no soporta que las mujeres prefieran a otros hombres.
La escena pertenece a Ampliación del campo de batalla, la primera novela de Michel Houellebecq, publicada en 1994. Raphaël Tisserand, un informático poco agraciado, lleva tiempo acumulando rechazos sentimentales. Su compañero, el narrador de la historia, termina incitándolo a matar a una pareja. Tisserand no lo hace.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la violencia de la propuesta, sino que quien la formula parece incapaz de comprender hasta qué punto su propia manera de contemplar a los demás se ha vuelto monstruosa.
Ahí comienza el universo de Houellebecq: personas que necesitan desesperadamente ser queridas, pero que a menudo hacen cuanto pueden para impedirlo.
Dos hermanos incapaces de ser felices
En Las partículas elementales (1998), Houellebecq cuenta la historia de dos hermanastros que apenas podrían ser más diferentes.
Bruno es profesor, está obsesionado con el sexo y busca continuamente mujeres que satisfagan sus deseos. Sus experiencias oscilan entre lo ridículo, lo humillante y lo patético. Michel, en cambio, es un científico brillante que apenas siente interés por las relaciones humanas.
Uno desea demasiado. El otro parece haber renunciado a desear.
Ambos arrastran una infancia marcada por el abandono materno. Pero Houellebecq no los presenta como víctimas inocentes. Bruno puede resultar desagradable, egoísta y grotesco. Michel contempla el mundo con una indiferencia que le impide corresponder al afecto que recibe.
La novela contiene una de las contradicciones más dolorosas de su literatura: los personajes sufren por aquello que les falta, pero no siempre saben reconocerlo cuando aparece.
Y Houellebecq, lejos de ofrecerles una redención convencional, lleva la historia hacia una solución insólita: imaginar una humanidad transformada por la ingeniería genética, capaz de superar algunas de las servidumbres del deseo.
La crueldad contada sin levantar la voz
Houellebecq no escribe como cabría esperar de alguien que cuenta historias tan desesperadas.
Su prosa puede parecer la de un funcionario que redacta un informe. Describe habitaciones de hotel, procedimientos laborales, productos comerciales o costumbres sexuales con una precisión fría, casi indiferente. Después introduce una observación brutal sobre la vejez, el fracaso o la muerte.
El efecto nace de ese contraste.
En sus novelas, una reflexión sobre el comportamiento humano puede desembocar en una escena grotesca. Un episodio aparentemente cómico termina revelando una humillación. Una descripción impersonal deja paso, inesperadamente, a una emoción auténtica.
El humor negro es fundamental. Houellebecq permite que sus personajes formulen razonamientos absurdos con absoluta seriedad. El lector puede reírse de ellos y, unas páginas después, sentir compasión.
Pero existe otra dificultad: no siempre sabemos dónde termina la voz del personaje y dónde comienza la opinión del escritor.
Esa ambigüedad explica parte de su fuerza y también de sus controversias. Sus novelas muestran prejuicios, resentimientos y fantasías de dominación. La cuestión es si los están poniendo al descubierto o si, en determinados momentos, terminan compartiéndolos.
Un hombre dispuesto a rendirse
En Sumisión (2015), François, un profesor universitario especializado en Joris-Karl Huysmans, contempla cómo Francia experimenta una transformación política radical tras la victoria electoral de un partido islamista ficticio.
Lo sorprendente no es únicamente el cambio político. Es la actitud del protagonista.
François no es un héroe dispuesto a defender sus convicciones. Es un hombre cansado, solitario, preocupado por su trabajo y por una vida sexual cada vez menos satisfactoria. Cuando el nuevo orden le ofrece la posibilidad de recuperar una posición académica ventajosa mediante su conversión al islam, comienza a considerar seriamente esa opción.
La religión aparece así mezclada con el cálculo personal, el deseo de pertenencia y las comodidades materiales.
Houellebecq plantea una situación incómoda: ¿cuántas convicciones conservaría una persona si renunciar a ellas le proporcionara una existencia más confortable?
La novela se publicó el 7 de enero de 2015, el mismo día del atentado contra Charlie Hebdo, cuya portada de aquella semana estaba dedicada al escritor. La coincidencia amplificó una polémica que ya rodeaba el libro, aunque la violencia terrorista y el contenido de una ficción literaria deban distinguirse con claridad.
El problema de las mujeres
Una de las críticas más persistentes a Houellebecq se refiere a sus personajes femeninos.
Muchas mujeres aparecen descritas principalmente por su atractivo, su disponibilidad sexual o su capacidad para aliviar el sufrimiento masculino. En ocasiones, parecen existir menos como personas independientes que como respuestas posibles a las frustraciones de los protagonistas.
La objeción no se resuelve alegando que las novelas retratan hombres desagradables. También cabe preguntarse si el propio relato concede suficiente autonomía a esas mujeres.
Sin embargo, reducir toda su obra a una fantasía masculina sería ignorar sus contradicciones. En Serotonina (2019), por ejemplo, el protagonista recuerda relaciones que él mismo ha contribuido a destruir. El sufrimiento no procede únicamente de un mundo hostil, sino también de sus decisiones y de su incapacidad para conservar aquello que tuvo.
Houellebecq puede ser despiadado con las mujeres, pero tampoco concede demasiada dignidad a sus hombres.
El escritor que no absuelve a nadie
Sus novelas han vendido numerosos ejemplares, han recibido premios importantes —entre ellos el Goncourt por El mapa y el territorio en 2010— y han provocado debates que trascienden la literatura.
Pero su singularidad no depende solo del escándalo ni de sus opiniones sobre la sociedad contemporánea.
Houellebecq ha construido un mundo en el que las personas desean amor, sexo, reconocimiento o compañía, mientras se comportan de maneras que alejan precisamente esas posibilidades.
Sus personajes no son siempre inocentes de su desgracia. A veces son crueles, cobardes o incapaces de imaginar que los demás también sufren. El escritor los observa sin demasiada indulgencia, pero tampoco los abandona por completo.
Quizá ahí reside lo más perturbador de sus novelas.
Houellebecq no escribe solamente sobre personas a las que nadie quiere. Escribe sobre personas que necesitan ser queridas y que, a veces, son las primeras en destruir esa posibilidad.
