Los decorados comenzaban a levantarse en Túnez cuando los Monty Python se quedaron sin película. En 1978 ya habían organizado el rodaje de La vida de Brian, pero EMI retiró la financiación. Michael Palin recordaría que encontrar otro productor a esas alturas parecía improbable. El guion estaba terminado; faltaba alguien que asumiera el coste de filmarlo.
Brian Cohen era un judío corriente de la Judea romana al que sus vecinos tomaban por el Mesías contra su voluntad. La comedia apuntaba al fanatismo religioso, los grupos políticos enfrentados y la facilidad con que una multitud convierte a cualquiera en líder. Bernard Delfont, máximo responsable de EMI, temió la controversia religiosa y canceló el respaldo. El productor John Goldstone tuvo que buscar dinero cuando los compromisos de rodaje ya estaban en marcha.
De EMI a Friar Park: cuánto arriesgó Harrison
Goldstone viajó con Eric Idle a Estados Unidos. Según contó en 2019 al Los Angeles Times, Mike Medavoy, de United Artists, ofreció financiar la mitad del presupuesto si conseguían la otra. Idle pensó en su amigo George Harrison, admirador de los Python y participante en The Rutles, la parodia de los Beatles ideada por el humorista.
Los dos visitaron al músico en su casa de Hollywood Hills. Harrison aceptó estudiar la ayuda y habló con Denis O’Brien, su representante y hombre de negocios desde 1973. En una entrevista de 1988 explicó que O’Brien tardó aproximadamente una semana en formular una propuesta: producir ellos mismos la película. La idea le hizo pensar en Los productores, de Mel Brooks. Ninguno había planeado fundar una compañía cinematográfica; Harrison quería ver el nuevo trabajo de sus amigos.
¿Hipotecó su casa? El testimonio más detallado sobre aquella financiación procede de Goldstone: situó el presupuesto de La vida de Brian en unos cuatro millones de dólares y describió un préstamo de aproximadamente dos millones respaldado por Friar Park, la finca inglesa de Harrison. Esa suma cubría, según su relato, la mitad pendiente. Harrison confirmó posteriormente que él y sus socios habían comprometido propiedades y otros activos como garantías bancarias en sus primeros proyectos.
Los recuerdos no permiten una contabilidad definitiva. En 2001 Michael Palin dudaba de la historia literal de la hipoteca y hablaba de seis millones de libras; en 2019 recordó un préstamo de cinco millones de dólares. Idle atribuyó a Harrison la obtención de unos cuatro o cuatro millones y medio de dólares, según la ocasión. Ninguno de esos recuerdos equivale por sí solo a un contrato: pueden estar mezclando coste de producción, crédito y patrimonio comprometido. Lo acreditado por los testimonios de Harrison y Goldstone es el riesgo patrimonial; el desembolso personal exacto sigue sin documentarse.
Había otra condición. Los Python querían conservar el control creativo y la versión final, como les había prometido EMI. Goldstone aseguró que O’Brien aceptó esos términos. La intervención del músico permitió reanudar el proyecto sin poner el montaje en manos de un nuevo estudio.
La empresa que nació para una sola película
Harrison y O’Brien fundaron HandMade Films para organizar la financiación. La película comenzó a rodarse en Túnez el 16 de septiembre de 1978 y se estrenó en Nueva York el 17 de agosto de 1979. Fue un éxito comercial pese a las protestas. Harrison afirmó que pudieron devolver el préstamo y emplear el dinero restante en nuevos proyectos; esa explicación no proporciona una cifra auditada de beneficios, pero aclara por qué el experimento tuvo continuidad.
O’Brien dirigía buena parte de las negociaciones y los asuntos financieros. Harrison aportaba recursos, prestigio y criterio artístico, aunque evitaba ocuparse de la gestión cotidiana. La escala del negocio creció: en 1988 el músico hablaba de una plantilla de unas 35 personas. Cuando HandMade fue vendida en 1994, la operación incluyó un catálogo de 23 películas, según la información publicada entonces por Los Angeles Times. La cifra describe los títulos incluidos en aquella venta, no el número de películas producidas directamente por Harrison.
Su singularidad fue la variedad de decisiones que podía tomar. En unas ocasiones financiaba proyectos nuevos; en otras, recuperaba películas terminadas que sus propietarios no se atrevían a estrenar. El resultado desbordó la comedia de los Python.
Idle busca ayuda. Harrison y O’Brien respaldan el rodaje.
La vida de Brian triunfa y HandMade continúa.
Nuevos directores, otros géneros y riesgos mayores.
Siete páginas para dar luz verde a Terry Gilliam
Terry Gilliam propuso Los héroes del tiempo (Time Bandits, 1981): un niño recorría distintas épocas con un grupo de pequeños ladrones. Era una película de fantasía costosa para el cine británico y difícil de clasificar como entretenimiento infantil o adulto.
Gilliam contó a The Washington Post en 1981 que O’Brien aprobó el proyecto a partir de siete páginas de argumento. Harrison podía opinar sobre las escenas, pero el director conservaba la última palabra. Los productores arriesgaron dinero con una idea que otros financiadores habían rechazado. La película encontró público y dio a HandMade un segundo éxito, ya sin depender de una nueva aventura colectiva de Monty Python.
La voz de Bob Hoskins que un estudio quería sustituir
El problema de El largo Viernes Santo (The Long Good Friday, 1980) era distinto: la película ya estaba rodada. John Mackenzie había dirigido un thriller sobre un gánster londinense, interpretado por Bob Hoskins, que pretende convertir los muelles de la ciudad en un negocio. A sus financiadores les inquietaban la violencia, las referencias al IRA y el acento del protagonista. Llegaron a preparar otra versión con su voz doblada.
Hoskins amenazaba con emprender acciones legales. Tras coincidir con Idle en una fiesta, consiguió que el grupo cercano a HandMade conociera la película. La compañía adquirió los derechos por unas 700.000 libras y facilitó su estreno cinematográfico. El British Film Institute confirma la intervención y su precio. HandMade no había producido la obra de Mackenzie; la recuperó cuando corría peligro de ser modificada y relegada. Aquella decisión conservó una de las interpretaciones decisivas de Hoskins.
El catálogo crece y el riesgo también
En Mona Lisa (1986), de Neil Jordan, Hoskins encarnó a un exconvicto convertido en chófer de una prostituta. El drama, respaldado por HandMade, le valió un premio en Cannes y una candidatura al Óscar. La empresa podía apostar por historias alejadas del humor de sus comienzos, con directores y productores —entre ellos Stephen Woolley— que conservaban su propia iniciativa creativa.
También participó en Withnail and I (1987), la comedia amarga de Bruce Robinson sobre dos actores sin trabajo. Su posterior condición de película de culto contrasta con las dificultades de su estreno. La ambición del catálogo no aseguraba una taquilla capaz de cubrir cada apuesta. Fracasos como Shanghai Surprise (1986), protagonizada por Madonna y Sean Penn, agravaron la exposición económica de la compañía.
Por qué Harrison y O’Brien acabaron en los tribunales
El conflicto no surgió únicamente de diferencias de gusto cinematográfico. El negocio dependía de préstamos respaldados por sus propietarios y de la confianza de Harrison en quien administraba sus intereses. Según la reconstrucción posterior del biógrafo Philip Norman, O’Brien no asumió personalmente determinadas garantías que, conforme a los acuerdos entre ambos, debía compartir. Harrison quedó expuesto a deudas de producciones fallidas. Es la explicación publicada por el biógrafo, no una reproducción de los contratos bancarios.
HandMade fue vendida en 1994 a Paragon Entertainment por 8,5 millones de dólares. Al año siguiente Harrison demandó a su antiguo representante por los perjuicios económicos sufridos. En 1996 obtuvo una sentencia favorable por una cantidad cercana a 11,7 millones de dólares, cuya existencia recoge una resolución posterior de un tribunal federal estadounidense. La relación de confianza que permitió salvar La vida de Brian había terminado convertida en un litigio.
Lo que quedó de aquella entrada de cine
HandMade no convirtió todos sus riesgos en éxitos ni salvó por sí sola al cine británico. Sí abrió caminos concretos: Gilliam pudo rodar una fantasía singular, Mackenzie consiguió estrenar su película sin el doblaje impuesto y Jordan encontró respaldo para un drama criminal poco convencional. En cada caso intervinieron directores, productores y distribuidores con responsabilidades propias.
Harrison había querido ver una comedia que EMI dejó sin dinero. Para conseguirlo, junto a O’Brien organizó una financiación y creó una empresa que acabó manejando decenas de trabajadores, un catálogo considerable y deudas que destruyeron la relación entre sus fundadores. La película se hizo. La productora continuó durante años, para bien y para mal.
Fuentes y testimonios
Michael Palin, The Guardian (2001); Palin y Gilliam, The Guardian (2019); Eric Idle, Los Angeles Times (2004); John Goldstone, Los Angeles Times (2019); George Harrison, entrevista de 1988; Javier Angulo, entrevista a Harrison (1987); Terry Gilliam, The Washington Post (1981); British Film Institute; John Mackenzie, The Guardian (2000); Neil Jordan, Criterion (2001); Criterion, Withnail and I (2025); HandMade Films; Los Angeles Times, desenlace de HandMade (2001).
Los Angeles Times, venta de HandMade (1994); Tribunal federal de apelaciones, caso O’Brien (2003); Philip Norman, The Guardian (2023).
